En los zapatos de una niña con Síndrome de Asperger

En los zapatos de una niña con Síndrome de Asperger

Mi vida no fue precisamente un cuento de hadas. Cuando era pequeña, mi madre sintió que la responsabilidad de tener un hijo era demasiado para ella y, sin demasiados trámites, cuando apenas había aprendido a caminar, me abandonó en un centro para niños que, como yo, carecían del afecto y la estructura familiar. Crecí al abrigo de una sociedad desarmada que sacudía de sus hombros los vestigios de una dura dictadura. Para cuando cumplí 24 años había recorrido más mundo que muchos que me doblaban en edad. Había sido hippie, metalera, punk; había hecho dedo, tientos de macramé, cantado rock and roll y llevaba puestas más borracheras que un hombre de 50 años. A pesar de haber crecido sin rumbo siempre tuve “buena madera”. Sabía que el estudio era la base para una vida digna, y desde los doce años comencé a trabajar para poder estudiar. Debo reconocer que en estos aspectos no llegué tan lejos cómo esperaba, pero sé que aún estoy a tiempo. Cuando me cansé de esa vida sin arraigos emocionales, sin estructuras básicas fundamentales, comencé a sentirme vacía. Supongo que las hormonas ayudaron en esta parte, puesto que cuando veía a una mujer embarazada, o a un recién nacido, yo simplemente me echaba a llorar. Tenía un noviazgo del mismo modo que como tenía mi vida:

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