Rosa Fuentes

Seguro que esta situación les resulta familiar: los niños hacen algo que no deben, les decimos que eso no se hace, se lo decimos bien, con buenas palabras y, acto seguido, lo vuelven a hacer. Se lo volvemos a decir, otra vez por las buenas, nos miran… y lo vuelven a hacer. Probamos de otra forma, gesto serio, ceño fruncido, tono firme, a ver si esta vez… Nada, lo ha vuelto a hacer. Nos empezamos a enojar, nuestro tono se vuelve más brusco, pero sigue sin funcionar y lo vuelve a hacer. Perdemos los nervios y empezamos a adentrarnos en el ámbito de los castigos, los gritos, quizás incluso las nalgadas, ese territorio que no queremos pisar porque hemos decidido educar a nuestros hijos por el camino de la crianza respetuosa. Así que nos asaltan las dudas: ¿Qué pasa? ¿Por qué no funciona? ¿Por qué sigue repitiéndolo a pesar de que le digo que no? ¿Será que la crianza respetuosa es incompatible con la disciplina?




Para poder responder a estas preguntas primero necesitamos pensar en la causa de ese comportamiento, que normalmente varía dependiendo de la edad del niño.

Cuando son bebés:
Los bebés no tienen capacidad de autocontrol, así que si sienten un impulso, las posibilidades de que se paren a sí mismos son mínimas, por no decir nulas. El impulso puede nacer de muchas situaciones: por frustración, por temor, por alegría… Las causas pueden ser muchas, pero, una vez que le decimos que eso no se hace, ¿por qué lo repite?

Los bebés son como pequeños científicos, con el cerebro programado para aprender la mayor cantidad de cosas posibles. Para ello es necesario explorar y eso implica a menudo ir en contra de nuestros deseos. Su cerebro los lleva una y otra vez a explorar situaciones como: “¿Qué es esa cosa con dos agujeritos que hay por toda la casa?”, “¿Qué es eso que se mete mi papá en la boca?”, “¿Qué pasa si tiro este juguete al suelo?”, “¿Qué pasa si se lo tiro a alguien?”, “¿Qué pasa si estrujo la comida fuerte con la mano?”, “¿Qué es eso del suelo?”, “¿A qué sabrá?”. No es que no quieran hacernos caso, es que entre hacernos caso y descubrir cosas, su cerebro siempre se inclina por descubrir. De aquí la importancia de tener un espacio seguro para que el bebé pueda explorar sin tenernos todo el día interrumpiéndoles, y tomarnos con calma aquello que no implique un riesgo importante, y darles la oportunidad de aprender de forma segura lo que necesitan.

En este sentido, una de sus “disciplinas científicas” favoritas es la antropología. Esto significa que nos utilizan como banco de pruebas para descubrir el  mundo que les rodea. Si hacemos algo que les resulta interesante, van a intentar causarlo de nuevo para volverlo a observar y sacar conclusiones. Si la reacción la han provocado ellos les resulta doblemente fascinante, pues descubrir que pueden influir sobre nosotros es una sensación muy poderosa.

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Imaginemos a un bebé que quiere hacernos una caricia y, como no mide bien la fuerza, nos da un golpe. Damos un grito de la sorpresa y le decimos muy serios “¡no se pega!”. El peque no entiende bien qué ha pasado, así que lo vuelve a hacer para ver qué pasa. Mientras más interesante (para él) sea nuestra respuesta, más posibilidades hay de que repita la acción. Y si la respuesta va cambiando constantemente, más trabajo le va a costar entender lo que pasa y más necesidad va a sentir de repetirlo para intentar sacar una conclusión. ¿Qué es lo efectivo en estos casos? Una reacción firme pero muy neutra, casi aburrida y siempre la misma, tal como lo describo en este artículo.

Esta función de pequeños antropólogos es algo que está presente toda la infancia, y seguramente el resto de su vida, solo que conforme vamos madurando, vamos mejorando nuestro autocontrol y nos ponemos filtros sobre lo que podemos hacer y lo que no. Un adolescente también va realizando esa función, ese probar los límites de la persona que tiene delante para poder entender cómo es, cómo funciona, cuáles son sus normas en realidad.

Con niños más mayores:
Cuando ya no son bebés, los niños conocen la teoría de muchas de las normas que tenemos. Saben que pegar está mal, saben que no queremos que toquen ciertas cosas… pero saberlo no es lo mismo que poder controlar el impulso. 

Recientemente se publicó un estudio que habla sobre la disparidad que hay entre la edad en la que los padres pensamos que los niños pueden controlar sus actos y la edad en la que neurológicamente desarrollan tal capacidad. Una mayoría de padres cree que los niños deberían ser capaces de controlar sus impulsos en torno a los dos años, cuando los científicos dicen que ese control empieza a desarrollarse entre los 3.5-4 años, y se va desarrollando paulatinamente hasta madurar por completo entrada la veintena. Evidentemente esto es una generalización basada en investigaciones y en datos estadísticos extraídos de ellas, lo cual no quiere decir que no haya niños que empiecen a mostrar autocontrol antes de los 3 años, o treintañeros con evidentes faltas de control de impulsos. Pero no es la norma. 

Esta disparidad entre nuestras expectativas y la realidad del niño provoca muchas veces que pensemos que hacen las cosas a propósito cuando no es así. Entender esta realidad muestra lo absurdo de castigar o penalizar a niños por comportamientos que son totalmente apropiados a su nivel madurativo y que en realidad están fuera de su control.

Entonces tenemos claro que actúan por impulso y que por norma general no son capaces de controlarlo, pero, ¿qué causa ese impulso para repetir la acción? Generalmente, tienden a repetir una acción porque no están obteniendo la respuesta que necesitan. Si un comportamiento está comunicando una necesidad, pero nosotros no somos capaces de ver esa necesidad subyacente, la comunicación no está siendo efectiva y el niño siente el impulso de volver a intentarlo a ver si esta vez lo entendemos. Y probablemente la intensidad irá en aumento. Sería como un diálogo de sordos:

– ¿Qué hay de comer?
– Las siete y cuarto
– No me has entendido. Que qué hay de comer.
– Las siete y cuarto te he dicho.
– ¡Que no! ¡Que qué hay de comer!
– ¡Qué pesado! ¡Que te he dicho que las siete y cuarto!

¿Captas la idea?




Imagina un niño que acaba de convertirse en el hermano mayor, y la está pasando realmente mal, lo cual se refleja en su comportamiento. Por ejemplo, cuando mamá está amamantando al bebé se pone a dar patadas a las cosas o a tirar juguetes. Si nos centramos en corregir o castigar esos comportamientos, estamos obviando el mensaje que hay detrás: “Tengo miedo a que me olvides. Yo también te necesito”. Si obviamos el mensaje y vemos solo el comportamiento, probablemente optaremos por castigarlo y mandarlo a su habitación, con lo que estaremos agravando el problema que hay detrás.

El niño va a seguir sintiendo el impulso de comunicarse contigo así, porque no tiene aún herramientas emocionales y verbales para hacerlo de otra manera. Si en lugar de ver el comportamiento vemos lo que hay detrás, seremos capaces de decirle: “Es difícil verme con tu hermano, ¿verdad? Te quiero muchísimo. ¿Por qué no me traes uno de tus cuentos y te sientas a mi lado para que pueda leérselo a los dos?” Esta sí sería una respuesta apropiada al mensaje que hay tras su comportamiento y, por lo tanto, tiene más posibilidades de satisfacerle y hacer que el comportamiento pare.

Lo difícil de todo esto es precisamente ser capaz de ver qué es lo que hay detrás. Pero por eso precisamente creo que es tan importante asimilar verdaderamente aquello de “No se está portando mal, lo está pasando mal,” porque cuando ves un comportamiento negativo tu instinto no va a ser pararlo o corregirlo cuando antes y como sea, sino pensar qué le puede estar pasando y cómo puedes ayudarle.

La importancia de la inteligencia emocional
El ser humano es un ser eminentemente emocional. Aunque durante muchos años la tendencia haya sido reprimir las emociones, el caso es que la ciencia ya nos está diciendo que esto es una tendencia muy negativa. Es importante aprender a gestionar las emociones, a permitirse sentirlas y expresarlas de manera sana, sin hacerse daño a uno mismo ni a los demás, y aprender también a escucharlas y aceptarlas sin juzgar. Cuando trabajamos la inteligencia emocional con nuestros hijos desde el primer momento, les estamos dando herramientas que nos van a facilitar el trabajo más adelante.

Un niño que aprende a identificar y nombrar sus emociones, que confía en que sus padres o sus adultos de referencia las van a validar y respetar, que tiene la seguridad de que sus emociones son normales, es más probable que se convierta en un adolescente que sepa comunicarse mejor, y ese factor de utilizar el comportamiento para comunicar necesidades o emociones con las que no se sienten cómodos, o que les da miedo, se va a ver disminuido.

Evidentemente, todas las etapas de desarrollo tienen años de transición en los que las emociones, las sensaciones y las dudas son nuevas y producen inseguridad y miedo. Son estos años de transición, precisamente, los que resultan más difíciles durante la crianza. Pero si continuamos promoviendo la inteligencia emocional y atendiendo la causa antes que al comportamiento en sí, conseguiremos que los niños se familiaricen con esas emociones antes, y haremos que ese periodo de transición sea más corto y un poco más fácil. 

Así que, la próxima vez que te descubras pensando “¿Por qué no para? ¡Lo he probado todo y no hay manera!”, olvídate de todo lo que creías saber sobre disciplina. Olvídate de los consejos apocalípticos que te avisan de los peligros enormes de que te tomen la mano y se te suban a las barbas. Olvídate del aquí mando yo. Olvídate del “ellos contra nosotros”. Olvídate de todo eso y mira a tu hijo. Obsérvalo de verdad, tal y como es, una persona que te quiere y que te necesita, independientemente de lo que parezca, que aún es un niño y que aún está aprendiendo. Piensa qué puede haber detrás de ese comportamiento, qué puede ser lo que te está comunicando que no estás siendo capaz de ver. 

Al fin y al cabo, si nada está funcionando puede ser el momento de probar algo nuevo.

Fuente: http://crianzarespetuosayconsciente.blogspot.mx

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