Es evidente que el entorno familiar puede facilitar o dificultar el desarrollo psicológico del niño, pero ¿cómo saber si en tu casa se está promoviendo que los niños crezcan con una buena salud emocional?

Virginia Satir, en su libro Relaciones humanas en el núcleo familiar, comienza con un pequeño test para determinar si una familia es sana emocionalmente:

  • ¿Estás satisfecho con tu vida familiar en la actualidad? 
  • ¿Sientes que vives entre amigos, entre personas que quieres y en quienes confías, y que te quieren y confían en ti? 
  • Y por último, ¿es divertido y estimulante formar parte de tu familia?

Si contestas “sí” a estas preguntas, afirma esta autora, vives en una familia sana; si respondes “no”, es muy probable que vivas en una familia conflictiva o problemática.




He aquí algunas claves que nos pueden ayudar a crear un clima de felicidad en las familias (siempre y cuando las necesidades primarias estén cubiertas: hábitat, alimentación, salud, etcétera):

1. Saber escuchar 
Padres e hijos debemos aprender a escuchar, no solo a oír, a los otros. La familia emocionalmente sana es aquella que permite decir todo lo que cada quien siente y está capacitada para recibir (sin descalificaciones) las opiniones de los demás. En este encuadre, todos los miembros deberían tener como un sexto sentido para poder captar el estado de ánimo del que tiene junto a su mesa. Convivir no solamente es compartir habitación, sino estar alerta para detectar los pequeños y grandes sufrimientos del otro.

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2. Dialogar casi siempre va unido a negociar
El diálogo es una manera de expresar una “escucha atenta”. Dialogar y negociar casi siempre van unidos: hay que renunciar a algo para que los demás ofrezcan algo a cambio. Este axioma se ve claramente en el diálogo con el adolescente: éste puede aceptar nuestras condiciones (horario, forma de vestir, etc.) siempre que compruebe que ha “vencido” en algo. 

3. Saber adaptarse a las nuevas situaciones familiares
La familia es dinámica y cambiante por esencia: salen y entran nuevos miembros, crecen unos, otros envejecen, etcétera. La familia, pues, es esencialmente cambio y, por lo tanto, todos sus miembros (padre e hijos) deberán hacer un esfuerzo para adaptarse a las nuevas situaciones. Precisamente los conflictos generacionales, entre otros, se producen por la tendencia de algunas familias a permanecer ancladas en el pasado: contemplar a los hijos como eternos bebés o a los padres como la reencarnación de Superman. Ninguna de estas posturas contribuye a conseguir una familia feliz.

4. Admitir las limitaciones de los miembros de la familia
Tanto los padres como los hijos deberán aceptar a los demás según sus posibilidades reales y no exigirles como una forma de satisfacer deseos o sueños no realizados. En muchas ocasiones, la confrontación en la familia se produce precisamente por poner el listón demasiado alto, o bien, demasiado bajo. Son los padres que, al margen del hijo, se han imaginado un futuro determinado de éste; o bien, los hijos que no desean ver las deficiencias de los padres y siguen adorándolos como a auténticos dioses. 

Una de las consecuencias de esta actitud es que los padres acepten las posibilidades y limitaciones de su hijo. No lo comparen ni con el vecino ni con el primo ni con otro hermano; ni siquiera se pongan ellos como modelos. Comentarios como: “Mira que buenas notas ha sacado tu hermano”, o “Yo a tu edad estudiaba y trabajaba”, están completamente abolidos. No importa lo que logren los demás. Lo importante es que cada uno desarrolle al máximo sus potencialidades. Ese es el verdadero éxito: a cada uno se le exige y se le premia según su propio esfuerzo, no por los premios conseguidos.

5. Generar un clima de amor y seguridad
Este es el primero de los once pasos contemplados en el libro ¿Cómo formar hijos emocionalmente sanos?, ya que el verdadero amor consiste en valorar al otro por lo que es, no por lo que tiene o consigue. Una familia que camina hacia la felicidad será aquella que cree un clima en el que cada uno de sus miembros sienta verdaderamente lo siguiente: “Soy valioso para los míos”. Pero además, el amor debe estar protegido por un aliento de seguridad, que se fomenta desde una información adecuada y que, incluso, permita la expresión de sentimientos negativos. De esta forma la familia irá construyendo su bienestar, su propio proyecto de felicidad y estaremos ayudando a nuestros hijos a crecer con una buena salud emocional. Es una tarea ardua, pero no imposible.

La familia emocionalmente sana, en definitiva, nos dice Virginia Satir, se caracteriza porque sus miembros tienen una autoestima alta, la comunicación es directa, clara, específica y sincera, las normas son flexibles y se acomodan a la propia evolución de la familia y, por último, mantiene un vínculo abierto y confiado con la sociedad que le rodea. Toda familia que cumpla estas características será una familia sana.

Autor: Alejandro Rocamora Bonilla, psiquiatra y catedrático de Psicopatología

Fuente: www.cuidatusaludemocional.com

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