¿Por qué debes olvidar las nalgadas para formar hijos emocionalmente sanos?

¿Por qué debes olvidar las nalgadas para formar hijos emocionalmente sanos?

A la fecha sigue habiendo padres que recurren a castigos que implican agresiones físicas o psicológicas, porque lo creen necesario para disciplinar. Suponen que de esta manera están educando a sus hijos y que es por su bien. Otros simplemente lo hacen porque pierden la paciencia y no se pueden controlar; es decir, se quedan sin recursos para manejar la situación de una manera saludable y respetuosa. Sin embargo, de acuerdo con la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, ningún tipo de violencia es justificable y todo tipo de violencia es prevenible. Lo que está claro es que la agresión física o psicológica no enseña respeto. El castigo provoca que el niño actúe con base en el miedo y desde la sumisión. Hacernos estas preguntas pueden ayudarnos a entender mejor esta situación: ¿Cómo se siente una  persona cualquiera luego de recibir un golpe de ser violentado de cualquier otra forma? ¿Cómo puede sentirse un niño en esta misma situación? ¿Cómo puede sentirse cuando quien lo agrede es justamente su padre o madre? ¿Han visto los ojos de su hijo en el momento en que lo agreden? Lee también Establecer límites sin agredir Tal vez la pregunta más importante sea: ¿Qué les estamos enseñando a nuestros hijos cuando recurrimos a la agresión: que la violencia es una maneras válida de resolver un conflicto? ¿Que si

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Cuando le pase algo a tu hijo, no le digas «no pasa nada»

Cuando le pase algo a tu hijo, no le digas «no pasa nada»

Cuando se caen, cuando se frustran, cuando se enfadan… no pasa nada. Cuando se lastiman, cuando lloran, cuando tienen miedo… no pasa nada. Cuando pierden, cuando desconfían, cada vez que sufren… no pasa nada.  Lo confieso: a mí también se me escapa de vez en cuando un “no pasa nada”. Y, rizando el juego de palabras, no pasaría nada por usar esa frase si no fuera porque sí pasa algo. No estamos capacitados, socialmente, para soportar el sufrimiento. Todos tenemos, en mayor o menor medida, intolerancia al dolor ajeno. Tenemos esa tendencia a minimizar el problema en todos los ámbitos de nuestra vida. Con el vecino al que acaban de despedir del trabajo: “Bueno, no pasa nada, tienes dos años de paro, ya encontrarás algo”. Con la compañera de trabajo que acaba de sufrir un aborto: “Bueno, mujer, no pasa nada, ya verás cómo pronto te quedas embarazada otra vez”. Y con nuestros hijos… ¿hay algún sufrimiento más difícil de tolerar que el de nuestros hijos? Si los vemos caerse, cerramos los ojos, y nos duele a nosotros antes de que ellos terminen de darse el golpe. Pues si metemos en la coctelera nuestra incapacidad para acompañar el dolor, el amor inmenso hacia nuestros hijos y, dicho sea de paso, que también estamos entrenados para esconder las propias emociones, tenemos el coctel completo

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En los zapatos de una niña con Síndrome de Asperger

En los zapatos de una niña con Síndrome de Asperger

Mi vida no fue precisamente un cuento de hadas. Cuando era pequeña, mi madre sintió que la responsabilidad de tener un hijo era demasiado para ella y, sin demasiados trámites, cuando apenas había aprendido a caminar, me abandonó en un centro para niños que, como yo, carecían del afecto y la estructura familiar. Crecí al abrigo de una sociedad desarmada que sacudía de sus hombros los vestigios de una dura dictadura. Para cuando cumplí 24 años había recorrido más mundo que muchos que me doblaban en edad. Había sido hippie, metalera, punk; había hecho dedo, tientos de macramé, cantado rock and roll y llevaba puestas más borracheras que un hombre de 50 años. A pesar de haber crecido sin rumbo siempre tuve «buena madera». Sabía que el estudio era la base para una vida digna, y desde los doce años comencé a trabajar para poder estudiar. Debo reconocer que en estos aspectos no llegué tan lejos cómo esperaba, pero sé que aún estoy a tiempo. Cuando me cansé de esa vida sin arraigos emocionales, sin estructuras básicas fundamentales, comencé a sentirme vacía. Supongo que las hormonas ayudaron en esta parte, puesto que cuando veía a una mujer embarazada, o a un recién nacido, yo simplemente me echaba a llorar. Tenía un noviazgo del mismo modo que como tenía mi vida:

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