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Ana Isabel Hernández

Todos sabemos que el sexo vende. Si en un anuncio aparece un hombre o una mujer de cuerpo escultural y poca ropa, no hay duda de que llamará la atención de muchos, independientemente de cuál sea el producto que promueva.

Lo vemos también en series y películas, páginas de internet, redes sociales… donde hay sexo, hay adolescentes y adultos listos para consumir. Es enorme la cantidad de productos y servicios que se valen del sexo para vender. En la contraparte, la educación sexual tiene pocos consumidores.




El propio término “educación sexual” suele resultar aburrido para niños y adolescentes. “¿Qué me van a decir (en un taller, curso, libro o página formal) que no sepa ya?”. “¿Qué puedo aprender que no lo haya visto ya en videos o platicado con mis amigos?”. “Seguro es otra plática como las de la escuela donde solo te prohiben cosas, ¡qué flojera!”.

En el caso de los papás, la renuencia no suele ser tanto por apatía, sino por miedo: “¿Qué le van a decir a mi hijo?”. “Seguro le meterán ideas que le den tentación”. “Si yo no tuve educación sexual, ¿por qué mi hijo la va a necesitar?”. “Mejor que no sepa nada para que no haga nada”. “¿Y si le dicen que está bien que explore para que sepa qué quiere?”. Miedos, miedos y más miedos.

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Como papás y mamás tendríamos que estar más involucrados en la vida de nuestros hijos, y asumir que pueden empezar a ser consumidores de sexo, incluso antes de llegar a la adolescencia (en la era de internet ha disminuido mucho la edad promedio en que alguien ve por primera vez pornografía, por dar solo un ejemplo).

¿Quiénes, de los que hoy somos papás o mamás, recibimos en nuestra infancia orientación sexual que no fuera culpígena y realmente nos preparara para vivir una sexualidad sana? Casi todos los mensajes que solíamos recibir eran: “Di no al sexo”. En el caso de las mujeres: “Cuídate y mantente virgen, si no los hombres no te van a valorar”. En el caso de los hombres: “Mira cómo se ven los genitales infectados. ¿Verdad que no quieres eso para ti?”. “¿Qué vas a hacer con un bebé a los 15 años?”. Lamentablemente, muy pocas personas de mi generación aprendieron algo distinto a esto sobre la sexualidad, tanto en casa como en la escuela.




Si hace 20 o 40 años, el miedo y la desinformación hacían que muchas personas optaran por no tener actividad sexual durante la adolescencia, otras tantas lo hicieron con culpa, otras más se contagiaron de alguna enfermedad sexual o tuvieron un embarazo no deseado.

Hoy los adolescentes no tienen tanto miedo. Tal vez el exceso de información les da confianza, sin embargo, en México se embarazan alrededor de 240,000 mujeres menores de 19 años. Esto, específicamente en Monterrey, representa el 30% del total.

Consumir sexo sin conciencia, no contar con información, no sentarse a reflexionar y nunca plantearnos las preguntas correctas son algunas de las principales razones por las que llegamos a vivir experiencias que generan sentimientos de culpa, arrepentimiento, miedo, ansiedad, embarazos no planeados o enfermedades de transmisión sexual. Está más que comprobado que cuando un adolescente conoce, se voltea a ver a sí mismo y reflexiona sobre su sexualidad, tiende a tomar mejores decisiones respecto a este tema. Aun así, siguen siendo muy pocos los papás que lo propician. 

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La educación sexual tiende a resultar aburrida para niños y jóvenes porque casi no existen programas que aborden la sexualidad como algo integral. Generalmente, tienen el problema de dejar de lado nuestra vivencia diaria como hombres y mujeres. No basta con enseñar los cambios que se viven en la adolescencia, hablar de fertilidad y reproducción o de métodos anticonceptivos e infecciones de transmisión sexual. Somos seres sexuales integrales, por lo que es fundamental incluir las emociones, los pensamientos, los valores, la autoestima, la toma de decisiones, la biología, los deseos, la identidad y muchas cosas más. Si a los jóvenes les parece aburrida la educación sexual es porque casi nunca se las plantean como algo que es suyo y que les va a beneficiar en todos los sentidos.

Empecemos a reconocer la sexualidad como un aspecto central en nuestra vida, tal como entendemos la importancia de estudiar, de obtener un buen trabajo, de formar una familia armónica, de comer sanamente o de disfrutar del tiempo libre. Así, la educación sexual podría llegar a ser reconocida, no solo como algo necesario para el bienestar personal, sino como algo atractivo, interesante o, como dirían los chavos: algo “cool”.


Sobre la autora
Soy psicóloga, terapeuta, educadora de la sexualidad y mamá de dos niños que son mis maestros. Además de dar consulta privada, imparto clases en la Universidad de Monterrey y en la Universidad Iberoamericana, campus Monterrey. También imparto un diplomado en Sexualidad y doy cursos y conferencias en escuelas, empresas e instituciones. Me puedes contactar en [email protected] o a través de Educasexualidad.

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