Por Marcela Mariangeli

“Para ser un adulto independiente y seguro,
debió de haber sido un bebé dependiente,
apegado, sostenido; en pocas palabras, amado”.
Sue Gerhardt.

La llegada de Dante me encontró desde el día uno acompañada, tanto por la familia y amigos como por las redes sociales. No sabía de la existencia de tantos grupos sobre lactancia, crianza, porteo, movimiento libre, alimentación, ¡y tantas cosas más! Una noche, una amiga me sumó a un grupo de lactancia, y no entendía nada. Fue en el momento justo, cuando lo necesitaba. Empecé a leer, a informarme y aprender sobre este nuevo mundo que desconocía, que nadie me había contado. Leí sobre maternidad, dejando a un costado, por un tiempito, las novelas y libros que leía sobre mi profesión –soy psicóloga– para entrar en este mundo nuevo de crianza. Si bien trabajo con niños, en la maternidad se vive la práctica, y aprovechaba mi pasión por la lectura y mi curiosidad natural para informarme más y más. En este recorrido fui conociendo tribus de mamás, grandes aliadas de sostén, apoyo emocional y contención. 




​Dante tiene ya catorce meses y mi vida cambió. Me cuesta imaginar y recordar cómo era antes. Si bien retomé mi actividad laboral, deje de ser esa psicóloga fulltime que estaba todo el día en el consultorio. Tuve que organizarme para ser psicóloga y mamá en ejercicio de la crianza con apego.

¿Por qué criar con apego? ¿Qué beneficios trae?
Nuestros antepasados criaban con apego, no dejaban solas a sus crías frente a los depredadores. Aunque ahora parece una moda, para mí no lo es, es lo que me salió siempre naturalmente hacer.

Como mamá es el tipo de crianza que mejor me va, no la planifiqué, surgió por instinto. Todos los niños tienen apego. Hay niños con apego seguro y otros con apego inseguro, esto depende de cómo la madre (o cuidador) lo trate en los primeros tiempos de vida. Y la base fundamental es el amor.

​Estas ocho razones por las que elijo criar con apego resumen mi recorrido de los últimos tiempos con Dante: amor (en forma de contacto físico y alimento), respeto, empatía, confianza, seguridad, equilibrio, aceptación y tolerancia. Todo esto forma parte de la misma trama mágica que se va gestando en un vínculo madre-hijo. Siempre sabiendo que somos humanas y nos equivocamos, volvemos atrás, pedimos perdón y nos quitamos las culpas de encima.

El tiempo promedio de embarazo son nueve meses, en los cuales el bebé está en el útero, ese lugar tan cálido, seguro y confortable que es el vientre materno… oye los latidos del corazón de la mamá, su voz, su risa, ¡hasta sus ronquidos! Al nacer se encuentra en un ambiente que desconoce, indefenso; se dan cambios radicales. Pasa de un ambiente húmedo a un ambiente seco, con descenso de la temperatura. Este nuevo ser que llegó al mundo transita un período de exogestación en los nueve meses siguientes fuera de la panza, un proceso gradual en el cual comienza a independizarse.

Durante los nueve meses posteriores al embarazo es de suma importancia el contacto físico permanente con la madre: ser alzado, porteado. Así se da lo que podemos llamar un “continuum” entre el adentro de la panza y el afuera. Dormir en la misma habitación ayuda, sea en una cama separada o haciendo colecho, de forma que ante el primer llamado del niño se pueda acudir de inmediato y tomarlo en brazos o amamantarlo. Mamá y bebé necesitan contacto mutuo, él necesita calor, su alimento; si podemos dar la teta, mejor, siempre a demanda, cuando lo pida, sin relojes ni tiempos de por medio.

Respetar los tiempos del bebé. Y para esto vamos a necesitar un grado alto de empatía, ponernos en el lugar de ellos, darles la atención que necesitan, nuestra presencia. Sus tiempos son distintos a los nuestros. No están apurados. Actuar sin empatía sería, por ejemplo, dejar llorar a un bebé “para que aprenda”. El llanto altera las funciones de las hormonas que regulan sus emociones y su desarrollo cerebral. No lo hacen para tomarnos el pelo, es su forma de expresarse, su lenguaje para comunicar algo.

Otro tema es el sueño: se trata de un proceso evolutivo y hay que entenderlo como tal. Al principio hay muchos despertares nocturnos, un recién nacido no duerme igual que un niño, ni un niño igual que un adulto. Es normal que se despierte varias veces en la noche buscando nuestra presencia.

La confianza tiene que ver con confiar en nuestro bebé como un ser capaz. Dejarlo explorar, darle el espacio que necesita. Adaptar la casa lo mejor posible a sus necesidades, permitir que pueda moverse libremente. Adaptar implica tomar medidas de seguridad como, por ejemplo, tapar enchufes, poner sillas que impidan el paso hacia otro lugar, sacar cosas que no pueda tocar… así se evitan los “no”: “no toques eso…” Explorar también en relación a la alimentación, las comidas, las texturas.

Están aprendiendo a aprender, la curiosidad de un bebé puede ser apasionante y cuando aprendemos que no necesita ser enseñado, aprende por sí mismo, a través de su propio despliegue. Nosotros, como figuras de crianza, somos quienes vamos a brindarle seguridad, un principio fundante y esencial durante la primera infancia, donde se va construyendo la subjetividad y los lazos sociales que la sostienen.

Al hablar de equilibrio buscamos que la crianza sea abierta a figuras que brinden amor y que estén cerca: papá, abuelos, tías, amigos. Compartir la crianza, dividir tareas, funciones, permite también el autocuidado; tiempos propios para leer, salir a dar una vuelta, escuchar música, visitar amigos.

Es necesario –para no sentirnos solas y sofocadas– establecer prioridades, intentar organizar el tiempo, delegar tareas, pedir ayuda (abiertamente, directamente), y reunirse en tribus con otras mamás para compartir experiencias.

Aceptemos que nuestra vida se ha modificado, que las cosas han cambiado y que hay que reorganizarse, reinventarse. Aceptar que no todo es como nos gustaría que fuese, que vamos a encontrarnos con días difíciles, demandantes y días tranquilos. Ejercitar la tolerancia y la paciencia. Tener en cuenta en esos días difíciles que “hoy no es siempre”, y practicar la respiración consciente. Los chicos crecen, la vida sigue en movimiento y no hay mejor momento para disfrutarlos que ahora, en este presente que ya no vuelve.

Vía: Entre Mujeres

Puedes encontrar la nota original aquí: 8 razones de una mamá para criar con apego


Sobre la autora
Marcela Mariangeli es psicóloga especializada en niños, mamá, doula en formación y apasionada lectora de temas de crianza.

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