Tal como ocurre con los adultos, es completamente normal que los niños experimenten frustración por diversos motivos, y que exterioricen esa emoción de distintas maneras: con algún comportamiento agresivo, rabietas, abandonando alguna tarea que estaban realizando en ese momento o demandando atención. También es frecuente que muestren ansiedad o algún rasgo de inseguridad, por mencionar solo algunas de las reacciones más frecuentes.




El caso es que este tipo de expresiones son un indicador de que aún no han aprendido a gestionar su emoción, y de que, como adultos (padres, madres, docentes u otro familiar a cargo), debemos ayudarlos, a través de un acompañamiento respetuoso que se dé a partir de la empatía. Para ello puedes seguir estas cuatro recomendaciones puntuales:

1. Conviértete en modelo coherente
Dar un buen ejemplo a tu hijo siempre será una potente herramienta de aprendizaje. Puedes pasar todo el día hablándole y dándole indicaciones, pero, al final, lo que aprenderá será lo que haya visto en ti. Cuando empieces a identificar una frustración en tu hijo, no pierdas los nervios: mantén la tranquilidad y háblale desde la calma y el respeto. Éste será el inicio de buen camino a la resolución del conflicto.

2. Ponte en su lugar
Si te quitas las gafas de adulto y te pones en su lugar podrás ayudarle a identificar la frustración y, sobre todo, podrás entender qué le ocurre. Frases como Veo que te has puesto un poco nervioso con ese juego”. O “Parece que estás enfadado por algo”, pueden favorecer el diálogo con tu hijo.

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3. Promueve la búsqueda de soluciones
Mientras dialogues con él, intenta propiciar la reflexión y no darle las soluciones en bandeja. Lo mejor es ayudarle a que sea él mismo quien encuentre las soluciones a ese “problema” con el que se está enfrentando. Aprovecha la oportunidad para que aprenda a resolver conflictos. Algunas frases para promover la búsqueda de soluciones podrían ser: “¿Qué crees que puedes hacer para arreglarlo?”. “Entiendo tu enojo pero ¿qué te parece si buscamos la manera de arreglarlo? ¿Qué se te ocurre que podemos hacer?”.

4. Refuerza aquellas acciones que está haciendo bien
La mayoría de las veces traemos en la mano el “bolígrafo rojo”, con la intención de corregir todo aquello que no nos parece bien de nuestros hijos, resaltando la parte negativa. Pero ¿y si cambiamos esta manera de verlo? ¿Y si mejor resaltamos lo que hace bien? De esta manera estaremos aumentando su autoestima, su motivación y su energía para continuar aprendiendo.

Estas cuatro herramientas se basan en nuestros cuatro pilares para educar a los niños: escuchar, entender, apoyar y acompañar. Si nos situamos en esta base y realizamos cada acción de acuerdo con estos pilares, todo fluirá de manera positiva.

Fuente: https://asipiensaunamama.com, con información de El planeta de A.

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