Hace unos días tuve la oportunidad de ir a un colegio a hablar sobre sexualidad con los alumnos. Apenas iniciada la plática me di cuenta de que, entre las principales preguntas de los chavos de sexto año de primaria (entre 11 y 12 años), estaban: “¿Por qué es tan importante hablar de este tema?” y “¿Por qué todos los años nos dan esta plática?”. Detecté cierta resistencia al tema, así que opté por empezar hablando sobre lo siguiente:

Después de presentarme, les pregunté si se sentían incómodos hablando sobre sexualidad. Entre risas, caras asustadas que asentían y uno que otro valiente que pudo decir “si”, terminó siendo obvio que así era. Pregunté quiénes de ellos habían hablado con sus papás sobre el tema y, a diferencia de lo que ocurre con las generaciones anteriores (como la de sus papás), donde casi siempre es menos del 5%, levantó la mano aproximadamente un 30%. Otros tantos dijeron que más o menos y un alumno agregó que era todavía más incómodo hablar del tema con sus papás que con sus maestros. También hubo algunos que dijeron sentirse bien hablando sobre el tema con ellos, y aseguraron que esta plática o pláticas les habían sido útiles. Tal vez el principal hallazgo de este informal sondeo es que, para la mayoría, este sigue siendo un tema del que no se habla en casa. Desafortunadamente.




Pero lo que realmente me inspiró a escribir este artículo fue lo que encontré como respuesta luego de preguntar por qué les resultaba incómodo hablar sobre sexualidad si es algo con lo que nacemos y vivimos toda la vida. Fue entonces cuando un alumno, inteligentemente, respondió: “Es que toda mi vida me han dicho que mis partes son privadas, y ahora resulta que tengo que hablar de ellas”. Sentí que me acababa de caer un veinte de mil monedas. Intenté sondear si esta idea era compartida por los demás, si coincidían en ver cierta ironía en el hecho de que, durante años, sus papás les habían dicho que “sus partes” son privadas y nadie las podía tocar, para luego, de manera repentina, sentir que debían “desprivatizarlas” para poder hablar de ellas, con todas las dificultades implícitas en este cambio de percepción. En general, la respuesta fue afirmativa.

Más tarde hablamos del cuerpo y pregunté si se habían visto al espejo sin ropa alguna vez. Muchos, sorprendentemente, hicieron cara de “qué asco” y fueron enfáticos al decir que “¡NO!”. Entonces les pregunté cómo podrían darse cuenta si les aparecía un lunar nuevo o una mancha o una irritación, si no tenían el hábito de observar su cuerpo. Incluso por cuestiones de salud es muy importante conocer nuestro cuerpo, pero, sobre todo… ¿cómo podemos amar y respetar algo que no conocemos? ¿Cómo podemos vivir sin conocer algo que además nos acompañará hasta la muerte?

Llama la atención cómo la mayoría de los niños cuentan con muchísima información sobre sexualidad debido a lo que escuchan de sus compañeros, ven en la televisión o en internet, sin embargo, dicha información suele estar incompleta (en el mejor de los casos), equivocada o, simplemente, ser inadecuada para su edad. ¡Por eso es tan importante que los padres tomen la iniciativa!

También es muy importante señalar y reconocer la buena intención que tienen los padres al decir a sus hijos que los genitales son algo privado (aunque digan…. “partes” privadas, transmitiendo involuntariamente el mensaje de que nos incomoda decirle a las cosas por su nombre, es decir, que no podemos hablar directa y abiertamente sobre el tema). Esta buena intención apunta hacia la prevención de cualquier tipo de abuso sexual, lo que destaca entre las cinco preocupaciones más importantes por parte de los padres. Sin embargo, es importante tomar en cuenta que a los niños podría estarles llegando este mensaje: “Tus partes son privadas, hasta para ti”, lo que de alguna manera les niega el acceso a su propio cuerpo, a convivir con él y a hablar libremente al respecto. Por supuesto que, como padres, es importante enseñar a nuestros hijos a cuidarse, no solo los genitales, sino todo su cuerpo y su ser,  pero también es importante guiar hacia el respeto y el amor hacia uno mismo, hacia su cuerpo, su mente, sus emociones y sus acciones, ya que nuestros hijos son seres integrales. Nunca dejemos de apoyarlos, fortalecerlos y prepararlos para la toma de decisiones relacionadas con su cuerpo y con su vida en general. Es muy importante que el día de mañana sean capaces de confiar en ellos mismos y en su capacidad de decir “si” o de decir “no”.

Pero es también muy importante darnos cuenta de que a veces no es suficiente tener buenas intenciones. Hay que descubrir los miedos que permanecen ocultos detrás de nuestros mensajes.  Hay que informarnos. Hay que referirnos a los genitales por sus nombres: pene, escroto (la bolsa que contiene los testículos), vulva (no la confundamos con la vagina que está al interior del cuerpo) y todos sus componentes, ano, etcétera. Eso no significa que los niños no van a aprender los 34 apodos o más que hay sobre los genitales, claro que los escucharán y los repetirán, pero si ven que sus padres le dicen por su nombre a las partes del cuerpo, recibirán el mensaje de que está bien hablar sobre ellas, que está bien conocerse, mirarse al espejo, tocarse y reconocerse; sabrán que “pene” o “vulva” no son groserías o cosas asquerosas, como piensan muchos niños. Hay que entrarle al tema aunque nos cueste. Tal vez la clave esté en hablar de “respeto” más que de “privacidad”: respeto a uno mismo y a los demás.

Si pensamos que los niños empiezan a captar las primeras nociones sobre sexualidad a partir de 4º de primaria, vamos tarde. Mensajes como estos ya fueron transmitidos desde la primera infancia. ¿Qué hacemos, entonces? Nunca es tarde para empezar, pero es importante empezar por uno mismo: ¿Qué pienso yo mismo sobre la sexualidad? ¿Cómo me siento con mi sexualidad y cómo me siento hablando del tema con mi hijo(a)? ¿Qué mensajes quiero transmitirle? ¿Cómo me gustaría que mis hijos vivieran su sexualidad, y cómo puedo ser congruente con ello? Actualmente hay mucha información sobre el tema, así que no hay pretextos para no estar actualizados. Así como nos preocupamos por que nuestros hijos aprendan matemáticas o inglés, ya que nos parecen áreas importantes para la vida, así o más importante es la sexualidad, ya que es algo con lo que no podemos dejar de vivir. Apuesto a que tú, que lees esto, deseas que tu hijo aprenda a decidir desde el amor y no desde el desconocimiento o del asco, ¿cierto?

Sobre la autora
Soy psicóloga, terapeuta, educadora de la sexualidad y mamá de dos niños que son mis maestros. Además de dar consulta privada, imparto clases en la Universidad de Monterrey y en la Universidad Iberoamericana, campus Monterrey. También imparto un diplomado en Sexualidad y doy cursos y conferencias en escuelas, empresas e instituciones. Me puedes contactar en aihernandezg@hotmail.com o a través de Educasexualidad.

Notas relacionadas