Xóchitl González Muñoz

Intentar ser feliz es algo que el ser humano lleva en su naturaleza. De otra manera –como señala el académico Dylan Evans, en su libro Emoción: la ciencia del sentimiento– no hubiéramos logrado sobrevivir como especie, pues, de no haber sido impulsados por una fuerza innata para llegar a un estado de plena satisfacción, nuestros antepasados hubieran perdido el interés por la reproducción.

Pero lo más relevante no es desde cuándo el hombre aspira a ser feliz, sino que, a pesar de llevar tanto tiempo en esta búsqueda, aún no haya encontrado la famosa receta para la felicidad. ¡Es más!, ni siquiera nos hemos puesto de acuerdo en cuanto a qué significa exactamente ser feliz. ¿Se tratará de algo que a cada quien le corresponda entender a su manera, según su sistema de valores, experiencias de vida y forma de pensar? Sí, hasta cierto punto, aunque tampoco podemos dejar de reconocer que existen algunos aspectos esenciales en la definición de felicidad. Por ejemplo: ¿puede alguien sentir felicidad sabiendo que su vida o la de un ser querido está en peligro?

Hace unos meses, pensando justo en esos aspectos esenciales, se me ocurrió trabajar en un documento de ayuda para los papás en la difícil tarea de formar hijos emocionalmente sanos, una condición que considero indispensable para que cualquier persona pueda aspirar a una verdadera felicidad. Mi intención con ello nunca ha sido presentarla a los papás como una receta mágica que garantice el bienestar absoluto de sus hijos, sino como una guía que, según mi experiencia trabajando con niños, incluyera una serie de conceptos fundamentales, al alcance de todos y con un verdadero potencial para generar beneficios en el desarrollo de cualquier ser humano.  El resultado de ello fue una lista de once puntos, incluidos en el libro digital ¿Cómo formar emocionalmente sanos?, de los cuales quiero compartirte un fragmento del primero.

Portada

Crea un ambiente de armonía en casa
Transpórtate por un momento a tu infancia. Tienes ocho años y te encuentras en tu recámara viendo la televisión o jugando a algo que te gusta. De pronto llegan hasta tus oídos los gritos de tus padres. Están discutiendo fuertemente en su habitación. ¿Cómo te sientes? ¿Puedes seguir jugando o disfrutando del programa que estás viendo? Ahora regresa al presente y, sin dejar de lado aquel sentimiento que te provocaba oír o ver a tus padres peleando, responde, desde tu condición de adulto, cuánto y en qué forma crees que eso te haya afectado en ese momento. ¿Crees que te siga afectando en la actualidad? Es normal que un matrimonio pase por malos momentos. Tampoco debemos alarmarnos porque haya ocasiones en que una discusión sea inevitable. Sin embargo, es importante que dimensiones lo que puede llegar a afectar a tus hijos este tipo de situaciones para intentar reducir su intensidad y su frecuencia, y evitar, al menos, que ocurran estando ellos estén presentes.

Por otra parte, se ha hablado mucho sobre la importancia de que los padres sean personas ejemplares, pero nunca está demás insistir en ello, pues no existe un solo método formativo que funcione si los papás no muestran congruencia entre su forma de actuar y el comportamiento que exigen a sus hijos. ¿Cómo puede un padre castigar a un hijo por agredir a su hermano, si él mismo actúa violentamente en casa y fuera de ella? ¿Cómo puede reprenderlo por decir mentiras si él no es capaz de actuar de una manera honesta? 

Para los papás que logran crear un ambiente de armonía en casa, en el que hay congruencia entre lo que se dice y lo que se hace, todos los miembros de la familia muestran buena voluntad para cumplir con sus responsabilidades y actúan sobre la base del respeto, no solo resulta más fácil educar a sus hijos, sino que el proceso se da una manera mucho más natural, más sólida y con mayor sentido.

Para poner en práctica
+ Tu hijo te observa todo el tiempo; intenta que tus acciones, palabras y pensamientos sean siempre ejemplares.

+ Platica con él sobre tus propias experiencias cuando tenías su edad. Háblale de problemas que hayas enfrentado, de lo que sentías en ese momento y de cómo lograste resolverlos.
+ Siempre acompáñalo emocionalmente: cuando lo corrijas, cuando lo premies, cuando esté triste o enojado. Esto significa generar una atmósfera en la que sienta confianza de hablar sobre sus emociones.

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