Jaime Muñoz Vargas

Antes de salir de vacaciones pensó en los ratos muertos. No había mucha plata para viajar a la playa con su familia, de manera que iban pues a caer como encajosa visita con sus suegros en aquel lugar donde además de la televisión y un parque más o menos próximo, no había nada para entretener a la pequeña de siete años. Por eso en la víspera del viaje buscó el tubo de carrizo y con eso estaba casi todo resuelto para armar el papalote. Pocos días antes lo había recogido en la calle, inútil e inservible como todo pedazo de carrizo. Para él, sin embargo, esa vara amarilla era un tesoro, siempre había sido un tesoro. De niño las encontraba fácilmente y donde fuera, pues mucha gente todavía hacía techumbres con esos palos entreverados y sostenidos en un armazón de troncos. Pero el carrizo ya no abundaba, así que al hallar el tubito lo guardó en su biblioteca y al acercarse el viaje fue a buscarlo. Salvo el carrizo, todo lo necesario para construir el papalote estaba en casa. Una doble página de periódico cortada casi en rombo, cinta adhesiva, hilo de algodón, tijeras. Elaboró entusiasmado el juguete con la niña junto a él hasta que estuvo listo, hermoso y aerodinámico pese a la pobreza de sus materiales. Luego vinieron los preparativos para el viaje en coche, el acomodo de la gran maleta y sobre ella, con cuidado, el papalote. Dos días después, ya en la ciudad ajena llegó el aburrimiento y salió al parque con la niña. Por casualidad, porque la suerte a veces es así y pone todo a modo, varios padres acompañaban a sus hijos en el vuelo de enormes papalotes. Recordó el suyo y fueron por él. La niña perdió su alegría cuando en medio de los papalotes lujosos, con diseños coloridos, de plástico fosforescente, su padre quiso introducir el de periódico. Muchas horas de vagancia en la niñez le habían enseñado el mayor secreto en el mundo de los papalotes: los de plástico que venden ya prefabricados no vuelan bien. Para que se levanten del suelo es necesario correr varios metros y, si logran elevarse, las rachas de viento los desequilibran y los obligan a dibujar repentinas y violentas espirales que los llevan a pique. Los de papel, en cambio, si son elaborados como se debe, vuelan mejor que las gaviotas. La niña no conocía ese secreto y, escéptica, se alejó un poco: era pequeña pero ya tenía conciencia de lo triste que resultaban los ridículos en público. Su padre entró a la zona de los otros padres y notó que todos lo miraban con vaga sorna. Unos minutos después, su papalote avanzó lento hasta empequeñecer en el firmamento. Los otros padres y todos los niños recogieron sus papalotes y formaron un tumulto para ver la maravilla. En el tumulto estaba, orgullosa ya, victoriosa ya, una niña que había dejado de dudar.

Fuente: rutanortelaguna.blogspot.mx


Sobre el autor
Es escritor, maestro, periodista y editor. Entre otros, ha publicado Juegos de amor y malquerencia (novela, 2003), Las manos del tahúr (cuentos, 2006), Polvo somos (cuentos, 2006), Ojos en la sombra (cuentos, 2007); Monterrosaurio (microtextos, 2008), Nómadas contra gángsters (periodismo, 2008) y Leyenda Morgan (cuentos, 2009). Algunos de sus microrrelatos aparecen en la antología La otra mirada (2005) publicada en Palencia, España. Ha ganado los premios nacionales de Narrativa Joven (1989), de novela Jorge Ibargüengoitia (2001), de cuento de San Luis Potosí (2005), de cuento Gerardo Cornejo (2005) y de novela Rafael Ramírez Heredia (2009); fue finalista en el Nacional de novela Joaquín Mortiz 1998. Textos suyos han aparecido en publicaciones de México, Argentina y España. 

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