Ana Isabel Hernández

“Quiero pedirte que te enamores de un hombre de verdad; uno que te persiga con la mirada y que se pierda en el brillo de tus ojos. Quiero que te enamores de un hombre con la suficiente hombría para cocinar por las noches o cuando estés cansada. Un hombre que pueda coser un botón de tu blusa favorita, para que puedas llegar a tiempo a esa reunión, y ¿por qué no?, que te diga al oído que todo estará bien. Enamórate de un hombre que sea libre, que sea tuyo, que te ame y que se deje amar por ti. Enamórate de alguien con quien puedas ser feliz”. 

Lo anterior es un fragmento de una carta que estuvo circulando por las redes sociales en días previos al pasado 14 de febrero. Me gustó mucho y me hizo regresar de inmediato a mi adolescencia para imaginar a mi papá diciéndome eso. Después me pregunté: “¿Dónde buscábamos ese tipo de hombres en aquel tiempo?”. “¿Dónde se encuentran ahora?” Esto me hizo pensar en mis dos hijos hombres, aún niños, y preguntarme si estoy haciendo lo que me toca para que, en un futuro, puedan tener relaciones de pareja en las que acepten y se sientan aceptados, en las que den y reciban amor; relaciones en las que la igualdad de pareja no los lleve a una lucha de poder, sino que les permita disfrutar y disfrutarse. La respuesta fue “no”; conscientemente no estoy haciendo nada al respecto.

Hace unos días, preparándose para el Día del Amor y la Amistad, el más pequeño de mis hijos hizo tarjetas personalizadas para todo el salón. Entre ellas estaba la de “Juanita” (pongámosle así a la niña que le gusta para no traicionar su confianza), una tarjeta a la que le dedicó un cuidado especial y colocó sobre todas las demás. A sus 7 años, le gusta una niña, igual que a mí me gustaba un niño cuando tenía 7 años, así que aproveché para contarle sobre eso y decirle cómo me sentía cada vez que veía a “Luis” en mi primaria (pongámosle así para evitar cualquier cosa). Platicamos de lo bien que se siente cuando te gusta alguien y eres correspondido. También le pedí que siempre tratara bien a “Juanita”, que le hablara bonito y que, independientemente de que fuera o no su novia, la respetara siempre. Al final de la conversación, me dijo: “Gracias por hacer las tarjetas conmigo. Me gustó mucho lo que platicamos”.

El hecho de que hayamos tenido esa plática no significa que mi hijo ya esté listo para nada en particular. Sé que no le resolví la vida con ello (ni pretendo hacerlo), pero sí puedo decir que con esa plática se abrió una puerta, y que echamos una canica al bote de 100 litros  de “pláticas importantes entre mamá e hijo”. Hablar de lo que significa para mí disfrutar esos momentos en que te gusta alguien, hizo que mi hijo se sintiera en confianza y se animara a platicar conmigo –mucho más que otros días– sobre lo que siente. Para mí, eso es suficiente para poner palomita (checked) por ahora.

Muchas veces nos preocupamos más por que nuestros hijos no vayan a tener novio (a) estando aún muy chicos (as), por que no vayan a quedar embarazadas (sin son mujeres) o a embarazar a alguien (si son hombres), por que no caigan en las drogas, por que no se vayan a convertir en borregos de sus amigos o por que no vayan a sufrir por alguien más, que por transmitirles cómo sí sería conveniente que entendieran el amor, cómo sí podrían tener relaciones sanas, lindas y funcionales, llegado el momento. 

Fomentar en nuestras hijas el estereotipo de princesa en espera de su príncipe azul, como en los cuentos de hadas, puede ser peligroso, pues con ello estamos fomentando en ellas la pasividad, la idea de que se sienten a esperar que llegue alguien a “rescatarlas” llevándolas a cenar o invitándolas al cine. Esto, incluso, puede hacerlas pensar que están obligadas a dar algo a cambio de esas invitaciones y cortesías (que, además, durante la adolescencia casi siempre vienen de parte del papá del príncipe azul). Y este “algo a cambio” puede ser amor, compañía o cualquier acercamiento sexual, aun cuando ellas no lo deseen, solo por sentir que le deben algo a su amado príncipe. 

Por otro lado, el príncipe puede sentirse rechazado si la princesa rechaza las invitaciones, o puede pensar que, como hace “tanto” por la princesa, ésta le debe algo, cuando en realidad, tanto él como ella, están juntos porque así lo quieren y así lo deciden, y para eso no necesitan desempeñar ningún papel; con que sean honestos entre ellos es más que suficiente: si nadie rescate a nadie, y nadie siente que le debe nada a nadie, podrán conocerse más libremente.

En mi experiencia, este tipo de relaciones (príncipe-princesa) cada vez son menos comunes, ya que las mujeres están tomando papeles más activos en las relaciones de pareja, a veces, incluso, en contra de ellas mismas,  de sus parejas o de las mamás de ellos, a quienes les resulta fácil decir cosas como: “¿Quién es esa muchachita fácil que te está buscando?”. “En mis tiempos ¡jamás pasaban estas cosas!”. 

Quizá la clave, como en casi todo, sea encontrar ese balance en el que mujeres y hombres puedan aprender a dar y recibir amor por igual. Ese amor basado en el interés por el otro, en el respeto, en la libertad de estar por voluntad y no por miedo a ser abandonado o a que el otro se enoje (las relaciones se basan cada vez más en esto último). Relaciones basadas en la aceptación de uno mismo y del otro. 

¿Cómo podemos poner nuestro granito de arena y apoyar a nuestros hijos e hijas con el tema de las relaciones de pareja?

  1. Primero que nada, con el ejemplo. Ya sea que formen parte de una familia tradicional o de una alternativa, es fundamental ser modelo de amor propio y respeto a los demás. Como dicen: “eso se mama en casa”, y nuestros hijos ven la congruencia y la incongruencia entre lo que hablamos y lo que hacemos; nunca debemos subestimarlos. 
  1. Otra buena estrategia es echarle canicas al bote de 100 litros de “pláticas importantes entre papás e hijos”. Hablar, hablar mucho, sobre las cosas que nos parecen importantes: sobre nuestras propias experiencias, sobre lo que queremos transmitir, sobre lo que ellos sienten… pero, sobre todo, escuchar, saber qué piensan, qué quieren, qué desean, qué les mueve; y hacerlo sin juicios y sin querer que sean como nosotros. 
  1. Finalmente, empezar a confiar en nuestros hijos, en que sabrán cómo utilizar sus propios recursos, en que aprenderán de sus propias experiencias como en algún momento nos tocó aprender a nosotros de las nuestras. Hay que entender que, al final del día, ellos harán su propio vuelo y que nosotros solo podemos darles algunos consejos por el hecho de que ya pasamos por ahí. Y algo muy importante: recuerda cómo las decepciones te ayudaron a crecer y hacerte fuerte; ellos también lo harán (aunque también a nosotros nos duela). A fin de cuentas, no se trata de sufrir o no sufrir por amor en algún momento dado, sino de cuándo y con quién. 

Sobre la autora
Soy psicóloga, terapeuta, educadora de la sexualidad y mamá de dos niños que son mis maestros. Además de dar consulta privada, imparto clases en la Universidad de Monterrey y en la Universidad Iberoamericana, campus Monterrey. También imparto un diplomado en Sexualidad y doy cursos y conferencias en escuelas, empresas e instituciones. Me puedes contactar en [email protected] o a través de Educasexualidad.

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