Aline Ross

Se les llama millennials a quienes nacieron entre 1980 y 2000 (es decir, quienes hoy tienen de 15 a 35 años), y tienen una manera similar de percibir la realidad y visualizar el futuro, por el solo hecho de haber nacido en una misma época.

Los millennials rompen con muchos de los ideales por los que lucharon sus padres, a quienes se etiquetó como Generación X: mientras que éstos mostraban deseos de pertenecer a un lugar, de construir una carrera, tener casa propia, perro y carro del año, para los millennials, en términos generales, todo eso resulta irrelevante. A diferencia de quienes pertenecen a la Generación X, tal vez la última camada que todavía pudo jugar en la calle a las escondidas, los millennials habitan un mundo en el que el internet y la telefonía celular han llegado a marcar la pauta.

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Una generación narcisista
Antes que nada, conviene entender que la tecnología es un facilitador, y para los millennials no hay nada más fácil que acceder a todo eso que la sociedad ha establecido como necesario: si desean conocer las últimas noticias sobre algún tema determinado, ahí está Google. Si quieren saber cómo se llama y quién toca una canción que escuchan en la calle o en una fiesta, para esto está Shazam. Comunicarse con alguien nunca había sido tan fácil ni tan barato como lo es hoy en día, si se cuenta con una conexión a internet… esta facilidad para obtener información y relacionarse con los demás supone cambios importantes en el comportamiento y la actitud frente a la vida, en comparación con las generaciones pasadas.

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A diferencia de ellos, quienes nacimos en una época anterior debíamos esperar por todo: el disco más reciente de nuestro grupo favorito, la entrada a la ciudad de tal película, el tipo de ropa que veíamos en las revistas… esto, a fin de cuentas, terminó dándonos herramientas de vida fundamentales. Paciencia, tolerancia a la frustración y resiliencia, entre otras, son aptitudes necesarias para tener relaciones amistosas y de pareja sanas, para saber que en un trabajo y en la vida las cosas no siempre salen como queremos y para entender que casi siempre es necesario trabajar duro para llegar a donde uno quiere. Para obtener lo verdaderamente necesario en esta vida no basta con tener las mejores apps cargadas en el celular; el mundo (todavía) no es así.

Hablar sobre los millennials es hablar sobre una generación centrada en sí misma como nunca antes vimos otra. Las carencias que tuvieron sus padres fueron clave para que se propagara una cultura del esfuerzo. Muchos de ellos, sin embargo, bajo el propósito de dar a sus hijos lo que ellos no tuvieron de pequeños, se dedicaron a formar personas que aprendieron a no tener que trabajar mucho para obtener lo que querían, ni esperar, ni nada. Si a eso sumamos que la tecnología promueve la inmediatez y el cambio constante, lo que obtenemos como resultado es una generación de individuos poco comprometidos con todo lo que no sean ellos mismos, pues han aprendido que sus necesidades son primero.




Cómo ha evolucionado la paternidad
En los hogares de antes, para imponer el orden, los papás consideraban necesario hacer que los niños respetaran a los adultos y los obedecieran sin cuestionar. Se trataba de un sistema vertical con claras deficiencias. Sin embargo, con la llegada y auge de internet, así como el hecho de que cada vez son más las madres que salen del hogar en busca de un ingreso (el índice de familias donde la mujer es madre soltera o jefa de familia crece año con año en México), ese sistema de valores se ha ido modificando.

Estos cambios se han ido haciendo notar en la forma en que los niños se relacionan con sus padres y en la actitud que los jóvenes adultos tienen frente a los retos de la vida. Hoy por hoy, el sistema es mucho más horizontal. Antes, los padres filtraban el mundo para los hijos. Eran transmisores de las enseñanzas y decodificaban la realidad para los ellos. Hoy, y desde hace unos años, los niños tienen acceso a más información que sus propios padres (especialmente si tienen un dispositivo a la mano), por lo que ahora ellos también pueden enseñar a sus padres; y no solo eso: los cuestionan. Se dan cuenta de que el mundo no es solo su casa y tienen una conciencia global que sus progenitores jamás tuvieron ni tendrán. Las relaciones padres-hijos han cambiado. Los padres de mayor edad aseguran que se han perdido los valores, que ahora los niños no respetan a sus mayores. La realidad de las cosas es que esa exigencia de respeto en una sola dirección ya no es válida: los niños y jóvenes de ahora son más conscientes y exigen lo mismo, saben que es su derecho por el simple hecho de ser personas.

Poco a poco, los papás millennials se han visto orillados a dejar de pensar en sí mismos, por lo que están construyendo hogares democráticos, donde todo se consulta. Son dados a tomar en cuenta la opinión de sus hijos, a diferencia de lo que ocurría anteriormente, con los padres controladores que anhelaban tener hijos exitosos. Paulatinamente, los padres de hoy se han ido haciendo conciliadores y ya no piensan tanto en tener hijos exitosos, sino felices.

Un dato que resulta relevante es que viven conectados a internet. De acuerdo con un artículo de la revista Time, el 90% de los millennials tienen redes sociales, donde todo está sucediendo, y donde todo el tiempo están compartiendo su cotidianidad y recibiendo retroalimentación sobre sus acciones y forma de vida. Están acostumbrados a publicar prácticamente todo lo que les pasa, por lo que han ido construyendo una identidad mediática.

Para el sociólogo Zygmunt Bauman, el surgimiento de las redes sociales ha cambiado a tal grado las cosas, que el reconocimiento de tu existencia como individuo se da a partir de que haces tu vida pública. Ai nuestra existencia está en función del número de seguidores/amigos/comunidad que generamos, nos enfrentamos ante un cambio enorme con respecto a la construcción de los seres humanos y, por ende, de las sociedades.

¿Hacia dónde vamos?
Hasta antes de los millennials y sus democracias familiares, la forma de educar a los hijos se había sostenido bajo ciertos preceptos básicos, como: “Poner límites es educar”. “Debemos enseñar que no todo se puede conseguir”. “Un padre dirige al niño y con eso le demuestra amor”. “Los niños necesitan barreras para sentirse protegidos por los padres”. “Los niños necesitan saber que los adultos mandan porque eso les da seguridad, saber que hay alguien que sabe qué hacer”… será interesante ver qué pasa con estos niños que no crecerán en un ambiente tan controlado, sino que tendrán una serie de herramientas a su disposición, mientras los padres ofrecerán su guía sin intervenir de manera determinante y siempre bajo su consentimiento.

Quizá, como se ha visto con otras generaciones, lo que era importante para sus padres ya no lo sea para ellos. Curioso por naturaleza, el ser humano tiende a buscar lo desconocido, aquello que no ha experimentado. Podría ser que la libertad de expresión y la ausencia de ataduras dejen de ser novedad. Tal vez opten por buscar nuevamente la estabilidad de un trabajo bien pagado, tras haber aprendido de sus padres que lo mejor es no endeudarse.

Dentro de unos años, podríamos encontrarnos con una vuelta al principio –después de todo, el mundo es una constante espiral–; o bien, con una auténtica transformación, un parteaguas entre las sociedades de antaño y las que se consoliden a partir de estas nuevas dinámicas, de estos nuevos individuos. Todo está abierto y, al mismo tiempo, todo está pasando en el momento. Tengamos los ojos muy abiertos para poder interpretar los nuevos comportamientos.

Sobre la autora
Aline es comunicóloga por la Universidad del Valle de México, productora y actriz de teatro. Además, es socia y directora en LEXIA Insights Solutions y fundadora de la compañía La Nave Teatro. Desde hace quince años se ha especializado en temas de opinión pública y ciudadanía, pobreza, programas sociales y políticas públicas, así como en evaluación y consultoría para campañas publicitarias, construcción de branding, engagement, nuevos lanzamientos y posicionamiento de marcas. Desde su punto de vista, el quehacer de consultoría y el quehacer teatral se fusionan en uno solo, donde la recolección, observación y entendimiento profundo de los relatos y sus personajes son esenciales para encontrar los insights que mueven a la gente y al mundo. Puedes seguirla en Twitter como @AlineRossG.

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