Estamos acostumbrados a considerar las emociones y la inteligencia como dos características distintas, incluso opuestas: por un lado, la inteligencia guía nuestras acciones de forma racional, mientras que las emociones nos empujan a un comportamiento impulsivo y hacia metas irracionales.




En el siglo XX, Howard Gardner propuso una concepción multidimensional de la inteligencia, identificando distintas tipologías y diferentes estilos cognitivos individuales. El éxito de esa teoría y la reciente explosión de los estudios científicos sobre las emociones, junto con el gran desarrollo de la investigación en neurociencias, han permitido el ingreso del concepto de inteligencia emocional en la literatura científica y en el saber popular.

Daniel Goleman, principal representante de esta línea de estudios, sostiene que la inteligencia emocional consiste en la capacidad de identificar y expresar las emociones, de negociar soluciones y analizar la situación social y de mantener el autocontrol. Según este autor, algunos comportamientos típicos de nuestra época (la soledad, la depresión, pero también fenómenos de delincuencia y agresividad, dependencias de alcohol y drogas) serían el resultado de un analfabetismo emocional generalizado, una señal importante de la necesidad de una pedagogía sobre la gestión de las emociones.

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La inteligencia académica no proporciona ninguna preparación para superar las dificultades y aprovechar las oportunidades de la vida, capacidades que, en cambio, poseen los que dominan el plano emocional. Vivimos en una era de cambios cada vez más rápidos e impredecibles. Ningún país, sociedad, organización, industria o individuo es inmune. Nos afecta a todos, independientemente de donde vivamos o de cuál sea nuestra edad.

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¿Cómo podemos manejar esta incertidumbre, cambios y creciente ambigüedad? Gandhi dijo que “la vida no es esperar que pase la tormenta, sino aprender a bailar bajo la lluvia”. Adaptarse a los cambios exige inteligencia emocional.

Desarrollar la competencia emocional
Esta inteligencia no es innata, pero se puede aprender, y los mejores maestros son los padres, que pueden volverse unos verdaderos coachs emocionales. Sin embargo, es imprescindible que también la organización principal del sistema de educación formal, la escuela, responda a esa necesidad. El enfoque académico tradicional opone el desarrollo intelectual al emocional, pero la educación de la competencia emocional es fundamental para el aprendizaje y puede ser enseñada y aplicada.

En Europa es famoso el caso de Finlandia, en donde casi todos los niños van a la guardería y luego al colegio en el mismo distrito, desde el principio cultivan la autorreflexión, el sentido de la responsabilidad, la empatía y la colaboración, la base ideal para un buen aprendizaje.

La escuela obligatoria comienza a los 7 años y casi todos la terminan a los 16. Por tanto, empieza en una edad en la que los niños son más maduros, capaces de mantener un mejor nivel de concentración y han tenido más tiempo para dedicarse al juego, un aspecto fundamental del aprendizaje. Los maestros deben entender al alumno, por lo que en cada escuela finlandesa colaboran profesores y psicólogos para evaluar las diferentes actitudes de los estudiantes y ayudarles a lograr los objetivos.

La inteligencia emocional comprende diversas habilidades relacionales, incluyendo, por ejemplo, la empatía (la capacidad de ponerse en el lugar de otros, pensar como piensa el otro, sentir lo que siente el otro). El hilo común, sin embargo, es la autoconsciencia: una persona abierta es consciente de sí misma, entiende el aspecto emocional en la recepción de un mensaje, verbal o no, y puede leer e interpretar sus sentimientos y los de los demás.

Estas capacidades son fundamentales e indispensables porque entran en juego en todas las áreas de la vida: privada, pública, laboral y sentimental. Cuando un ser humano no las tiene, pueden surgir conductas perjudiciales, tanto para sí mismo como para quienes están junto a él.

Fuente: www.voceseconomicas.com

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