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Muy seguido escucho preguntas similares a ésta: “¿Cómo le haces con tres hijos, si además escribes, das clases, corres y horneas pan?”. Pero justo por eso he logrado sobrevivir a la crianza de mis tres hijos: porque hago muchas otras cosas como medida de distracción y de despresurización.

La atención y el cuidado de los hijos es una actividad constante que, básicamente, es la repetición de las mismas acciones una y otra vez, día tras día: dar de desayunar, luego de comer, luego de cenar; y en medio de cada alimento, tantas otras actividades por resolver: uniformes limpios, pagos domésticos, pendientes escolares, asuntos de salud, orden de la casa…




No importa si tienes un hijo, dos o cuatro; como mamá debes tomar decisiones y resolver cosas todo el tiempo. Ser madre es estar, mentalmente, un paso adelante, previniendo, alistando, preparando, cuidando.

Esto genera un cansancio mental y emocional muy fuerte, y a veces ni siquiera nos damos cuenta de que estamos tan saturadas, justo porque no nos damos ese espacio. Las mamás nunca nos detenemos. Puede que estemos sentadas, acostadas o en silencio, pero todo el tiempo estamos pensando qué sigue, qué hace falta, qué tienen nuestros hijos, el marido, nuestra mamá, la mejor amiga… y así vamos por la vida. No paramos.

Hace un año parecía que estaba enloqueciendo. El malhumor, la queja constante y querer controlar todo, se apoderaron de mi carácter, y eso me estaba llevando por un camino que no me gustaba pero del que no me era fácil salir.

Decidí que debía hacer algo al respecto, así que empecé a correr. Me puse los tenis, crucé la calle en dirección a un parque y me puse a correr. A las pocas semanas corrí mi primera carrera y cruzar la meta tuvo un efecto único que me hizo ver las cosas diferentes.

Unos meses después comencé a meditar. Descargué una app en el celular y listo: todos los días, al despertar, me siento 10 minutos en la sala de mi casa, en silencio. Al principio fue difícil. Incluso hubo días en que tuve que repetir la sesión para hacerlo como dios manda, porque me daba cuenta de que mi mente no se aquietaba del todo y usaba ese tiempo para seguir pensando en todo lo que no había hecho o debía hacer ese día.

Si bien ya llevaba tiempo haciendo pan casero, intenté convertir mi hobby en negocio, pero no funcionó. Necesitaba una mayor infraestructura e inversión, así que lo dejé por la paz, pero al menos mantuve el hábito de hacer pan para mi familia. Cuando el olor a pan recién horneado inunda la casa, irremediablemente me pongo de buen humor. Disfruto estar en mi casa y como el pan de caja más rico del mundo.

Por último, una cosa que he venido haciendo los últimos meses, es darme más tiempo para contemplar la vida. Así de cursi y ridículo como se oye. Puedo sentarme en la banca de un parque a ver pasar a la gente, sin pensar en nada ni ver el teléfono; o ver a las mamás divertirse con sus hijos en los juegos. El caso es que casi siempre termino mirando al cielo, viendo las nubes, el sol, y agradezco poder hacer esto.

Cuando el tiempo o el clima no me permiten salir lo hago en mi casa: me siento a ver a mis hijos jugar, gritar, incluso pelear o negociar juegos y juguetes. Procuro no intervenir y solo contemplar el momento. Trato de grabarlo en mi memoria para que nunca se me olvide.

Finalmente, escribir ha resultado un ejercicio muy liberador y enriquecedor al mismo tiempo. Por un lado, me desahogo, saco los pensamientos que a veces tienen días dándome vueltas; y por otro, resulta que gracias a eso me entero de que no soy la única que siente o piensa tal cosa. Resulta que muchas mamás se identifican con lo que escribo y eso es muy sanador, porque la verdad es que me hacen sentir menos loca.

Éstas son las herramientas básicas para sobrevivir a la crianza de mi trío. Sí, porque hago ejercicio para tener energía y endorfinas; escribo para desahogarme y no enloquecer; doy clases para estar en contacto con otras mamás; contemplo la vida que pasa, medito y horneo pan para relajar mi mente. Todo esto hace que cada día me sienta mejor y vea las cosas desde ángulos muy distintos a como las veía hace tan solo un año.

Sobre la autora
Pamela Salinas Parra

Mamá de tres criaturas que dejó el periodismo para entrarle de lleno a la crianza de su tropa. Después de la cesárea de su primer hijo, hace ocho años, decidió prepararse para la llegad de su segunda hija.  Entonces escuchó sobre parto natural, lactancia, colecho y, desde hace cuatro años, se ha preparado para poder ayudar a otras mujeres cuando se convierten en mamás. Está certificada como Doula PosParto y actualmente cursa los estudios necesarios como asesora en Lactancia Materna. Su hija Victoria, la más pequeña, sigue tomando leche materna desde hace dos años cuatro meses. Si quieres seguirla en Twitter, puedes hacerlo en @pamiparras o @Mamaalcubo.

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