Por Valeria ¡Ay mamá!

Hace unos días estaba pensando en que una ventaja que tenemos las mamás jóvenes es que contamos con más energía para andar corriendo tras nuestros peques. Y aunque sigo creyendo en ello, también he pensado que muchas veces yo simplemente no tenía nada de ganas de jugar con mis hijas; la verdad, no tenía ganas de nada.

Desde que quedé embarazada hubo muchas cosas que cambiaron y, aunque siempre trataba de ver el lado positivo, a veces tantos cambios me abrumaban, sobre todo cuando sentía que me estaba despidiendo de ser la pequeña, la protegida, la que podría darse el lujo de ser egoísta, de ir a fiestas, de desvelarse por gusto; además me estaba despidiendo de mi cuerpo joven. Pero en ese momento no tenía más opción. Se vino la muerte de mamá, la necesidad de dejar a mi familia y a mis amigos, vivir en una nueva ciudad, llevar una maternidad a solas y, todo eso, siendo parte de un matrimonio de adolescentes.




Sin darme cuenta, empecé a caer en una profunda tristeza, tan arraigada que dejé de verla. Me empezó a parecer normal llorar sin razón, no tener ganas de levantarme, comer por compulsión, enfadarme por lo más mínimo, tener pensamientos negativos sobre mi maternidad, sentirme culpable e incompleta todo el tiempo.

Lo peor es que ya no sabía que estaba triste, pues llegué a pensar que así era mi carácter. Siempre he tenido un carácter difícil, pero ahora mis cambios de humor se habían vuelto muy repentinos: lo que antes me alegraba empezó a darme igual. Ya no me interesaba arreglarme, pensaba que de todas formas nunca me veía bien. Ya no tenía proyectos para mí, solo pensaba en mi hija y, aunque mucha gente me decía que esa es la clave para ser una “buena madre” me parecía completamente falso.

Sabía que algo no estaba bien: podemos engañar a todo el mundo pero a nosotras mismas, jamás. Un día, cuando ya no podía más y todo empezó a venirse abajo, comencé a sacudirme toda esa tristeza. Empecé a buscar ayuda, a leer sobre el tema. Comencé a hacer cosas que había dejado de hacer tiempo atrás, como cuidar mi cuerpo con ejercicio y estudiar. Retomé mis amistades, empecé a salir con mis hijas sin sentir que todos me juzgaban por ser tan joven, volví a  acercarme a mi familia y comencé a agradecer mi vida; agradecí tener a mis hijas, a mi esposo. Empecé a tomar las riendas de mi vida, de mi futuro y entonces descubrí que nada estaba perdido, que todas habían sido invenciones de mi mente en depresión. Todo lo que quería estaba ahí, esperando a que me animara a alcanzarlo.

Aprendí a identificar cuando estaba triste. En mí caso, empiezo a comer compulsivamente, Siempre he sido fan de los antojitos, pero cuando estoy triste como de todo y no disfruto nada. Comienzo a sentirme poco agraciada, me percibo muy lejos de mis metas, me lleno de inseguridad y todo se vuelve motivo de conflicto. Lloro por cualquier razón, me siento sin ganas de jugar con mis hijas, sin ganas de nada.




Para mí ha sido muy importante saber cuáles son los síntomas de la depresión para poder salir lo antes posible de ese estado. Cuando me doy cuenta de ello, hago todo por cambiar mi forma de pensar y hacer cosas que me hagan sentir bien. Por eso quiero compartirte estas preguntas, que te pueden ayudar a saber si estás pasando por una depresión. No se trata de vivir en un mundo perfecto, nadie lo hace. Cuando vemos a gente muy feliz no es que vivan en condiciones ideales, es solo que aprendieron a encontrar herramientas que los ayudan a sacar lo mejor de cada situación, que han entendido que para estar bien con los demás deben primero estar bien consigo mismos. Tómate un ratito para ti, para reflexionar, para realmente saber cómo te sientes. Si crees que algo no está bien, busca ayuda.

Por otro lado, la depresión afecta más a las mujeres pero no es exclusiva del género. Ser un padre joven también implica muchos cambios. Por eso, si crees que tu pareja tiene algunos de estos síntomas, lo mejor es que busquen ayuda. Recuerda que él tampoco estaba preparado para todo lo que están viviendo.

La maternidad a temprana edad es un gran momento para crecer, para llevar tu ser, mente y espíritu a un nivel de mayor entendimiento. Aprovecha esta etapa y recuerda que necesitas ser feliz para poder dar esa felicidad a tus hijos.

Para seguir leyendo a Valeria ¡Ay mamá! visita su blog ¡Ay, mamá!, voy a ser mamá. 

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