Mucho se dice y se escribe sobre los beneficios que tiene la leche materna en el desarrollo de los bebés, en efecto, y no solo se trata de que sea la comida indicada, sino de que es el alimento adecuado para un bebé humano, que nace más inmaduro que el resto de los mamíferos.

Con la lactancia materna nuestros bebés reciben las cantidades necesarias de glucosa, prebióticos, grasa, vitaminas, bacterias, vitaminas, proteínas y muchas decenas más de sustancias vitales para un desarrollo óptimo.




Pero dar la teta no es solo un asunto de dar de comer, cuando damos la teta, estamos dando también alimento emocional. Lo más increíble de este proceso es que es de ida y vuelta, es decir que las mamás también nos alimentamos con la lactancia.

¿Cómo funciona?
Para una lactancia exitosa se necesitan dos hormonas: prolactina, la que produce la leche, y oxitocina, la que permite el reflejo de eyección, es decir que la leche salga. Como ven, es la famosa hormona del amor, la que nos pone contentos, nos llena de emoción, la responsable de hacer que la leche llegue al cuerpo de nuestros bebés.

Así que el hecho de dar la teta nos pone felices; incluso a las mamás que pasan por los obstáculos propios de la lactancia, una vez que lo superan, se sienten inmensamente felices, y no es solo por estar dándole el mejor alimento posible a su hijo, sino porque les genera un estado de calma mental y emocional saber que su cría está comiendo.

Después de dos etapas de lactancia con mis hijas (la segunda, por cierto, aún no acaba) he observado que la teta es una especie de consolador para los bebes. Por eso algunas mamás reportan que sus hijos tienen hambre todo el día, ya que siempre quieren estar “pegados” al seno materno.

Pero resulta que más bien es una necesidad de sentirse cobijados, arropados y contenidos, igual que como estuvieron en el vientre durante nueves meses. Por eso, en muchos casos, en cuanto comienzan a mamar se quedan dormidos. Conclusión: el llanto no era por hambre, sino un mensaje de “quiero sentirme seguro y en paz” que mandan las criaturas.

La explicación es simple, cuando estaban en nuestro vientre, las criaturas escuchaban un sinnúmero de sonidos: nuestro ritmo cardiaco, el ruido de los intestinos y estómago, así como nuestra voz, la de su papá y otras personas que nos rodean cotidianamente. Además, durante 40 semanas (más-menos) estuvieron en un ambiente cálido y en constante movimiento, incluso por las noches.

Sin embargo, una vez que nacen los queremos dejar solitos, en espacios estáticos y nada cálidos como son las cunas; encima, guardamos silencio y exigimos a los demás que hablen bajito. Así que, además del frío y la quietud total, dejan de escucharnos.

Imaginen ustedes cómo se sentirían con un cambio tan radical de ambiente y aislamiento, lejos de todo lo que habían conocido hasta entonces. Es entonces cuando los bebés comienzan a sentir ansiedad y lo único que los calma es “conectarse” a la teta: la succión regula su ritmo cardiaco, estabiliza la respiración, y además le provee sustancias que ayudan a su corteza frontal a calmarse. A esto hay que sumar que se encuentra en brazos de su mamá, que recibe calorcito, que vuelve a escuchar el ritmo cardiaco de mamá, lo que le da certeza de estar en un lugar seguro; escucha su voz y poco a poco el olor de mamá también se vuelve un factor importante para poder estar en paz.

Sobre la autora
Pamela Salinas Parra
Mamá de tres criaturas que dejó el periodismo para entrarle de lleno a la crianza de su tropa. Después de la cesárea de su primer hijo, hace ocho años, decidió prepararse para la llegad de su segunda hija.  Entonces escuchó sobre parto natural, lactancia, colecho y, desde hace cuatro años, se ha preparado para poder ayudar a otras mujeres cuando se convierten en mamás. Está certificada como Doula PosParto y actualmente cursa los estudios necesarios como asesora en Lactancia Materna. Su hija Victoria, la más pequeña, sigue tomando leche materna desde hace dos años cuatro meses. Si quieres seguirla en Twitter, puedes hacerlo en @pamiparras o @Mamaalcubo.

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