Merab Govea

Cuando pensamos en echar porras a nuestros hijos, lo primero que nos viene a la mente es la clásica escena del papá indicándole al niño lo que debe hacer desde las gradas, o a la mamá con una enorme manta gritando: “¡Vamos, hijo, tú puedes!”. Por supuesto que es importante que nuestros hijos se sientan apoyados, sin embargo, ¿hasta qué punto estamos realmente motivándolos y qué tanto se trata del reflejo de nuestras propias expectativas?




Cuando nuestros hijos están jugando un partido o en una competencia intentamos transmitirles nuestro apoyo, aunque no siempre lo logramos. Un estudio publicado en la revista Quarterly, demostró que los niños y adolescentes entre 7 y 14 años se sienten avergonzados cuando sus padres les gritan o aplauden. Incluso relacionan exclamaciones como “¡vamos, tú puedes!” como una crítica a su esfuerzo. Una posible explicación es la que da el entrenador y director Bruce E. Brown, quien dice que los niños a menudo relacionan su valor como persona con la actitud de sus padres frente a su rendimiento deportivo. Los niños piensan que los padres les gritan instrucciones porque no los creen capaces de hacer las cosas bien por su propia cuenta.

Uno de los principales aspectos a considerar en este tema, que de ser divertido y recreativo puede llegar a ser un martirio para el niño, es el autocontrol de los padres. Ser un espectador pasivo es difícil, sobre todo si el juego es emocionante, si a esto añadimos que se trata del juego de nuestro hijo, se puede llegar a perder la objetividad del partido: jugar, desarrollar habilidades y aprender a trabajar en equipo, pero ¿cómo hacerlo de la mejor manera? he aquí algunos consejos a tomar en cuenta cada vez que nos sentemos a echarles porras a nuestros hijos:




  1. Permite que sea el mismo
    Algunos padres se sienten orgullosos cuando sus hijos practican el mismo deporte que ellos practicaban de jóvenes, así que ponen expectativas enormes en sus hijos, reflejando su propia competitividad. Permite que tu hijo se desarrolle a su ritmo y hazle saber que ese es su momento y que cuenta contigo de manera incondicional.
  1. Déjalo aprender de sus derrotas
    Seamos sinceros: a nadie nos gusta perder, sin embargo, cuando aceptamos la derrota aprendemos a controlar otros sentimientos como el enojo, la ira y la frustración. Canalizadas de manera adecuada, estas emociones son las que formarán en nuestros hijos el carácter que necesitan para enfrentar la vida.
  1. Eres su ejemplo, mantén la calma
    Si tu hijo no está haciendo las cosas de la mejor manera, una buena forma de tranquilizarnos sería utilizar el diálogo interno y repetirnos a nosotros mismos: “Es solo un juego”, “Mi hijo y su equipo no juegan profesionalmente”, “Incluso los jugadores profesionales fallan”.

    Como papá, tú eres un ejemplo para él. Si tu hijo te escucha gritar e insultar al árbitro, o a su entrenador, le estás enseñando que se puede desafiar a la autoridad. Además, gritando no logramos transmitir de manera asertiva lo que queremos: si un niño comete un error no es necesario alzar la voz. Si vas a gritar, que sean únicamente cosas positivas.
  1. Reconoce su esfuerzo
    Para tu hijo nada es más reconfortante que oír decir a su papá lo bien que hace alguna actividad. Por eso es tan importante decirles a nuestros hijos cuáles creemos que fueron sus aciertos y en dónde pueden mejorar, siempre señalando sus capacidades para lograrlo e incitándolo a trabajar en equipo.

¿Quién es Merab Govea?
Psicóloga egresada de la UNAM. Desde hace ocho años trabaja con niños que tienen TDAH, hiperactividad y Síndrome de Asperger. Actualmente forma parte de un proyecto que permitirá detectar qué técnicas de enseñanza mejoran el desempeño escolar de niños y jóvenes. Actualmente, forma parte del equipo editorial de Psicología para Niños. 

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