Por Valeria ¡Ay mamá!

He leído muchas listas que hablan acerca de las dificultades a las que te enfrentas al ser una mamá joven, y la mayoría me parecen cortas de realidad. De hecho, siempre me he dado la impresión de que no fueron escritas realmente por madres jóvenes, así que, movida por esta inconformidad, quiero contar cuáles han sido las cosas más duras que he enfrentado en mi experiencia como mamá joven.

1. Posponer mis sueños
Ningún sueño es fácil de alcanzar, sin embargo, cuando somos jóvenes es cuando más soñamos y más ilusiones tenemos. El punto es que, cuando quedamos embarazadas sin planearlo, muchas cosas se tienen que aplazar. De inicio, para mí fue muy duro ver cómo se desvanecía la posibilidad de un intercambio de estudios en el extranjero.




Sin embargo, ahora que ha pasado el tiempo, me he dado cuenta de que, si bien se trata de algo irremediable para quienes somos mamás jóvenes, también es cierto que cuando tenemos el verdadero anhelo de alcanzar algo nuestros hijos se vuelven un motor para lograrlo. Es cierto que podría tomarnos más tiempo y que nos exigirá un mayor esfuerzo, pero todo lo bueno en la vida es así. Recuerda: no cumplir esas metas y decir que es porque ya eres madre es solo un pretexto; de verdad, tú puedes alcanzar lo que desees.

2. No tener tiempo suficiente
15 días después de que nació mi hija tuve que regresar a la universidad, lo que hizo que me perdiera muchos días de estar a su lado. Después se vinieron muchos problemas con mi esposo y con mi familia, lo que hacía que pasara más tiempo llorando que disfrutando a mi bebé. Luego vino el trabajo y otra vez la universidad… la gran desventaja de tener a mis hijas en medio de tantos proyectos sin terminar es que a veces no les he dado el tiempo que hubiera querido. Actualmente, mi parte emocional está mucho más estable, lo que hace que aunque todavía tengo muchos proyectos, sé que mientras estoy con ellas nada ni nadie es más importante. Sin embargo, entender eso me costó perder muchos momentos increíbles junto a mis hijas.

3. Sentirme perdida
Cuando quedé embarazada ninguna de mis amigas había tenido un bebé, así que, aunque tenía su apoyo, poco a poco los temas de conversación fueron dejando de coincidir, así que empecé a sentirme aislada. Muchas veces no tenía a quién contarle lo que me estaba pasando o lo que estaba sintiendo, ya que no sabía de alguien que estuviera pasando por lo mismo. No me identificaba con nadie. Al nacer mi bebé y mudarme de cuidad encontré personas que de igual forma ya tenían hijos y, aunque eran mayores que yo, me pude entender mucho mejor con ellas. Sin embargo, aún sentía que algo faltaba, me sentía perdida, no sabía a dónde pertenecía.

Ha pasado el tiempo y la verdad es que algunas amistades se han disuelto. Muchas cosas son difíciles de compaginar, sin embargo, hay otras relaciones que continúan, pese a que no tenemos el mismo ritmo de vida. Algunas amistades simplemente se alejan por tu nueva condición, pero con el tiempo terminas agradeciendo que así sea, ya que, quien no te puede apoyar y acompañar en cada etapa de tú vida, solo te hace perder el tiempo.

4. Aceptar mi nuevo cuerpo
Por mucho que nos tratemos de cuidar, después de tener un bebé el cuerpo no queda igual que antes. Algunas veces, incluso, deja huellas imborrables. He hablado mucho sobre este tema, y es que, en mi caso, la vanidad era el pan de cada día y esto ha sido y sigue siendo para mí una lucha diaria: entender y aceptar que éste es mi nuevo cuerpo, que, si bien soy joven, también soy madre y mi cuerpo es el reflejo de estas dos condiciones. Esto no significa que ya nos toca ponernos casi un hábito de monjas, debemos disfrutar nuestra edad y aprender a vernos hermosas con nuestro nuevo cuerpo. Sin embargo, de inicio no es fácil mirarse al espejo y aceptar tu nueva imagen.




5. Aprender a ser madre y pareja
Un aspecto que para mí fue muy complicado en este camino de ser madre joven fue la relación con mi esposo. Cuando mi hija nació él tenía 19 años. Los dos éramos muy jóvenes, inmaduros y estábamos llenos de miedos y dudas. Ha sido un camino muy difícil en el que muchas veces me he preguntado qué hubiera pasado si no hubiéramos tenido un bebé tan pronto. Sin embargo, al día de hoy, después de mucho esfuerzo y, sobre todo, de mucho amor, hemos podido encontrarnos más allá de ser mamá y papá: nos encontramos como la pareja que algún día soñamos ser. Esto no nos excluye de problemas pero nos ayuda a valorar más lo que tenemos. El “hubiera” ya no es una opción en nuestra relación.

6. Recibir muchas críticas
Desde que quedé embarazada no he dejado de escuchar frases como “En estos tiempo y salir embarazada”, “Parece que estás jugando a la muñecas”, “Qué pena andar embarazada en la universidad”, “Arruinaste tu vida” entre muchas otras que seguro también le han dicho a quienes comparten conmigo esa condición. De inicio, la verdad es que me afectaban mucho y hasta la fecha sigue siendo algo bastante incómodo. Nunca falta la mamá en el kínder que hace sus bromas de mal gusto por lo joven que soy, pero ahora trato de darle la importancia que merecen, o sea: nula. Al final se trata de hacer tuyos solo los comentarios que te hagan crecer, los comentarios negativos se los dejo a las personas negativas.

7. Haber llorado mucho más de lo que confesé 
Lloré mucho, y es que todos los puntos de la lista me ocurrían y a veces me siguen ocurriendo al mismo tiempo. Es un tornado de emociones encontradas, miedos, pensamientos negativos… en fin, las circunstancias de ser madre joven nunca son fáciles. En mi caso, me tocó criar a mi hija sola, lejos de casa, con problemas en mi matrimonio y una gran depresión. Todo el tiempo estaba pensando en el “hubiera”.

Hoy me doy cuenta que todas las madres lloramos. Es casi inevitable, y quizás lo sigamos haciendo por un largo tiempo, pero en cada lágrima he encontrado fuerza en mi ser que jamás creí tener y eso me ha hecho dejar de sentir lástima por mí y comenzar a sentir orgullo por todo lo que he logrado.

8. La culpa me seguía a todos lados
La culpa por sentir que había defraudado a mis padres, por irme a la universidad y dejar a mi bebé, por no terminar la carrera, por dejar que me lastimaran, por sentir que no era la mejor madre, por no saber llevar mi matrimonio, por separarme de mi esposo… en fin, la gente tenía muchas expectativas sobre mí, y al sentir que no cumplía ninguna me fui llenando de una tremenda culpa, sintiéndome mal incluso por cosas que no eran mi responsabilidad. Actualmente, he buscado liberarme de todas esas culpas, sanar, entenderme y perdonarme; darme cuenta de que a veces la juventud nos pone bajo mucha presión pero al final se trata de cumplirnos a nosotras mismas y de saber poner prioridades en nuestra vida.

9. Me dolía y no le decía a nadie
Duramente mucho tiempo creí que debía decir que nada me dolía, que nada me molestaba, que podía con todo. Por lo general, siempre te dicen que eres joven y que por eso tienes la capacidad de aguantar todo, lo cual no es del todo cierto. Si bien tienes mayor energía y tolerancia, hay muchas cosas que a veces nos callamos, ya que por la culpa, miedo u orgullo de querer demostrar que podemos con todo, no decimos lo que vivimos en nuestra relación o no hablamos de los miedos que tenemos como madres o mujeres. El resultado de esto es que al final me llené de mucho dolor y no fue hasta el día que decidí sacar todo y prometerme nunca volver a callar lo que me duele, cuando empecé a ser feliz.

10. Perderme a mí misma
Elegir es perder. Desde que elegimos si tener o no a nuestro bebé, comenzamos a perder. Luego comienzas a perder amistades, oportunidades de trabajo, de escuela… pierdes la confianza en personas que pensabas que iban a estar ahí siempre y, lo más duro: te pierdes a ti, entre tantas máscaras que usas para fingir que todo está bien. Entre la culpa, las presiones y los “hubiera”, te pierdes; y un día, cuando te levantas, desconoces a la que te está mirando en el espejo.

Es importante que si te has sentido así hagas una operación de rescate extrema. Dicen que todo en esta vida se hizo para perderse menos a ti misma. Que no te pase lo mismo que a mí, pues ha sido lo más doloroso de ser mamá joven: buscarme y no encontrarme, y solo fue después de ponerle un alto a la locura de vida que llevaba, y de comenzar a darme cuenta de lo que realmente vivía, quería y sentía, luego de hacer un examen a profundidad, fue que me volví a encontrar. Y, ¿saben algo? No me volvería de perder por nada del mundo. 

Como te habrás dado cuenta, al final, cada problema tiene dos posibles desenlaces: continuar viviendo en él, lamentándote por siempre, o aprender a mirar el tesoro que hay en cada dificultad, ya que cada problema es una posibilidad de crecer, de fortalecernos, de sentirnos más vivos y felices de poder superarlos.

Para seguir leyendo a Valeria ¡Ay mamá! visita su blog ¡Ay mamá! voy a ser mamá.

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