A la fecha sigue habiendo padres que recurren a castigos que implican agresiones físicas o psicológicas, porque lo creen necesario para disciplinar. Suponen que de esta manera están educando a sus hijos y que es por su bien. Otros simplemente lo hacen porque pierden la paciencia y no se pueden controlar; es decir, se quedan sin recursos para manejar la situación de una manera saludable y respetuosa. Sin embargo, de acuerdo con la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, ningún tipo de violencia es justificable y todo tipo de violencia es prevenible.




Lo que está claro es que la agresión física o psicológica no enseña respeto. El castigo provoca que el niño actúe con base en el miedo y desde la sumisión. Hacernos estas preguntas pueden ayudarnos a entender mejor esta situación: ¿Cómo se siente una  persona cualquiera luego de recibir un golpe de ser violentado de cualquier otra forma? ¿Cómo puede sentirse un niño en esta misma situación? ¿Cómo puede sentirse cuando quien lo agrede es justamente su padre o madre? ¿Han visto los ojos de su hijo en el momento en que lo agreden?

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Tal vez la pregunta más importante sea: ¿Qué les estamos enseñando a nuestros hijos cuando recurrimos a la agresión: que la violencia es una maneras válida de resolver un conflicto? ¿Que si alguien hace algo que no nos gusta, está bien pegarle?

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En la campaña “Educa, no pegues”, impulsada por Save the Children, UNICEF, CEAPA y CONCAPA, se enumeran algunos de los efectos que el castigo físico tiene en los niños:

  • Daña su autoestima, genera sensación de minusvalía y promueve expectativas negativas respecto a sí mismo.
  • Les enseña a ser víctimas. Existe la creencia extendida de que la agresión hace más fuertes a las personas que la sufren, las “prepara para la vida”. Hoy sabemos que no sólo no les hace más fuertes, sino más proclives a convertirse repetidamente en víctimas.
  • Interfiere sus procesos de aprendizaje y el desarrollo de su inteligencia, sus sentidos y su emotividad.
  • Se aprende a no razonar. Al excluir el diálogo y la reflexión, dificulta la capacidad para establecer relaciones causales entre su comportamiento y las consecuencias que de él se derivan.
  • Les hace sentir soledad, tristeza y abandono.
  • Incorporan a su forma de ver la vida una visión negativa de los demás y de la sociedad, como un lugar amenazante.
  • Crea un muro que impide la comunicación padres – hijos y daña los vínculos emocionales creados entre ambos.
  • Les hace sentir rabia y ganas de alejarse de casa.
  • Engendra más violencia. Enseña que la violencia es un modo adecuado para resolver los problemas.
  • Los niños y niñas que han sufrido castigo físico pueden presentan dificultades de integración social.
  • No se aprende a cooperar con las figuras de autoridad, se aprende a someterse a las normas o a transgredirlas.
  • Pueden sufrir daños físicos accidentales. Cuando alguien pega se le puede “ir la mano” y provocar más daño del que esperaba
  • Es claro: los niños tienen derechos como cualquier otro ser humano, derechos que no dependen de su edad ni de su tamaño.  El Artículo 19 de la Convención sobre los Derechos del Niño establece que “es obligación del Estado proteger a los niños de todas las formas de malos tratos perpetradas por padres, madres o cualquiera otra persona responsable de su cuidado, y establecer medidas preventivas y de tratamiento al respecto”.

Aquí puedes leer la versión original de este artículo, escrito por Natalia Liguori en su blog.

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