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El niño que muestra una conducta indeseada y es castigado es un niño incomprendido. Detrás de cada desafío, rabieta o grito hay siempre una razón que le impulsa a ello. Puede tratarse de “un mal día”, de una emoción indeterminada que no sabe gestionar o de alguna necesidad fisiológica, pero lo que debemos comprender es que un niño es una persona con sentimientos y necesidades, y no un agente malévolo que sólo busca hacernos rabiar.

Quizá el primer paso que debiéramos dar para educar a nuestros hijos sin castigar es reeducarnos a nosotras mismas. Por una parte debemos desterrar la vieja percepción de los padres como figuras autoritarias que deben disciplinar a sus hijos. Observar la crianza desde este punto de vista confiere al niño un cierto grado de sumisión, y entiende la educación como un adoctrinamiento. En su lugar, veámonos a nosotras mismas como agentes a través de los cuales los niños aprenden los valores, y en quienes siempre encontrarán un soporte ante las complicaciones de su universo lleno de emociones. Busquemos educar, no adoctrinar.




Por otra parte, tengamos presente que los hijos aprenden lo que viven: si sus padres reaccionan ante los problemas gritando y diciendo palabrotas, los niños aprenderán a gritar y decir palabrotas cuando se sientan mal. Si en una discusión no sabemos respetar a nuestra pareja, nuestro hijo no nos respetará a nosotros o a sus hermanos. Si, como padres, no sabemos gestionar adecuadamente nuestras emociones, ¿cómo podemos pretender que nuestros hijos aprendan a gestionar las suyas y no actúen de forma inapropiada?

Existen muchas estrategias para educar sin castigar cuyos principios esenciales son la comprensión, el cariño y el respeto mutuo; por supuesto, sin excluir la firmeza. Adoptando una visión holística de la educación sin castigos, voy a resumir los puntos clave a tener en consideración para poder enseñar a nuestros hijos de forma positiva, eliminando para siempre los castigos.

1. Regula tus propias emociones.
Los padres somos el modelo a seguir para nuestros hijos. Si ante una conducta indeseada respondemos de forma impulsiva y perdiendo los estribos, el niño aprende que es así como deberá responder ante una situación indeseable en el futuro. Si los padres saben regular sus emociones, los hijos aprenderán a regular las suyas. Y un niño emocionalmente estable es un niño con menos comportamientos negativos. Además, tanto nuestra capacidad para razonar como la del niño se reducen drásticamente cuando estamos
sobreactivados. Cuanto más relajados guiemos al niño, más relajado estará él, y por tanto, con más capacidad de razonamiento. Si aun así nos vemos superados por la situación, lo mejor es respirar profundamente e intentarlo de nuevo pasados unos minutos.

2. Respeta los sentimientos.
Cuando un niño tiene un mal comportamiento, en su interior se está produciendo una
sobreactivación  Puede que no sepa reconocer su propia emoción, y eso le genere una frustración aún mayor. Cuanto más inadecuado es el comportamiento del niño, peor se siente. Debemos respetar esos sentimientos porque, sea cual sea su causa, no hay nada más puro que los sentimientos de un niño. No le humilles, no le chilles, no le mientas. Todo ello hiere sus sentimientos. En lugar de decir “venga, no llores por esa tontería”, permanece al lado de tu hijo durante unos minutos; dile que estás ahí por si te necesita, de forma que se sienta arropado ante sus emociones no controladas. Concédele un momento para desahogarse.

3. Recuerda cómo (y cuándo) aprenden los niños.
¿Recuerdas cómo lograste montar en bicicleta? Primero aprendiste a sentarte sobre ella, después a coordinar el movimiento de las piernas y de los brazos conjuntamente, y por último a mantener el equilibrio y montar sin ayudas. Los niños aprenden gradualmente, no de la noche a la mañana. No pretendamos que un niño asuma una conducta inmediatamente; comprendamos y respetemos sus ritmos de aprendizaje. Igualmente, debemos respetar sus tiempos de desarrollo: ningún niño de 3 años es capaz de entender, aunque se lo expliquemos, por qué debe esperar a que mamá termine de hablar por teléfono para poder hablarle. Si un niño asimila una conducta muy rápidamente o antes de que corresponda para su desarrollo cerebral, probablemente se deba a que se han empleado con anterioridad los castigos para educarle, y lo que el niño en realidad ha aprendido es a evitarlos.




4. Conecta antes de corregir.
Para que el niño se sienta motivado a escuchar y comprender nuestras explicaciones, es necesario que vea en nosotros alguien en quien confiar, que respeta sus sentimientos y que le guía con cariño y comprensión mientras trata de entender sus propias emociones y las consecuencias (naturales) de sus actos. Mantén la conexión con el niño incluso cuando le guíes para corregir su conducta. Empatizar con él le hará sentirse comprendido y en conexión contigo. Sitúate a su altura, abrázale o pon tu mano en su hombro y dile: “Sé que estás enfadado, no te apetece dejar de jugar porque te estás divirtiendo mucho. A mí también me enfadaría”.

5. Establece límites y corrige conductas, pero con empatía.
Si educamos empleando los castigos, gritando o amenazando, el niño mostrará una mayor resistencia a comprender por qué una determinada conducta es inapropiada. Si en cambio adoptamos una postura empática (poniéndonos en su punto de vista) y conseguimos que el niño se sienta comprendido, éste estará mucho más predispuesto a aceptar nuestros límites. Piénsalo: si has tenido un mal día en el trabajo y te sientes especialmente irritable, ¿cómo preferirías que actuara tu pareja o tu mejor amigo? ¿Reprochando tu actitud, o comprendiéndola y aconsejándote, respetando cómo te sientes? Empatizar no significa no ser firme: “Sé que estás muy enfadado, pero no voy a permitir que pegues a tu hermana. ¿Cómo podríamos arreglar esta situación?”. Una buena manera de conseguir un compromiso mayor por parte del niño en mejorar la conducta es ofrecerle alternativas limitadas de elección: “¿Prefieres pedirle perdón a tu hermana ahora, o cuando estés  un poco más tranquilo?”.

6. Sé constante.
Los niños están equipados con un “radar” especial para detectar inconsistencias e incoherencias en nuestras acciones. Si después de algunos días en que la conexión entre el niño y los padres se ha ido estableciendo, estos reaccionan de un modo severo y desproporcionado ante una determinada conducta; entonces la conexión se debilita provocando en el niño un sentimiento de incomprensión y desconfianza.

7. Perdónate a ti misma.
Y hazlo siempre. No podrás dar lo mejor de ti mismo como madre si no estás en equilibrio con tu yo interior. No importa lo mal que creas que lo has hecho en el pasado, siempre hiciste lo que creías más conveniente para tu hijo. Empieza hoy mismo a ser la madre que siempre has querido ser. De padres felices, hijos felices. ¡Ah! Y perdona también a tus padres, que, al igual que tú, siempre quisieron lo mejor para sus hijos, con las mejores herramientas de las que disponían.

8. Cuando todo lo demás falle, date a ti misma un gran abrazo; y también uno grande a tu hijo. Lo más importante es mantener la conexión entre él y tú.

Fuentepaternidadconapego.com

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