Extracto de un post de Kari Kubiszyn Kampakis (columnista, bloguera y mamá de cuatro niñas).

 1. Idolatrar a nuestros hijos
A nuestros hijos les encanta que nuestras vidas giren en torno a ellos, y la mayoría de nosotros no tenemos problema en hacerlo, pensando que su felicidad es la nuestra.

Nos gusta consentirlos, comprarles cosas, llenarlos de amor y de atenciones. Sin embargo, a nuestros hijos hay que amarlos, no idolatrarlos. Al tratarlos como si fueran el centro del universo podemos crear falsos ídolos. En vez de un hogar centrado en los niños, deberíamos centrarnos en el amor. Así, nuestros hijos se sentirán queridos, pero entenderán que en el amor, el altruismo va por encima del egoísmo.




2. Creer que nuestros hijos son perfectos
Algo que oigo frecuentemente de profesionales que trabajan con niños (orientadores o maestros) es que los padres de hoy no quieren oír nada negativo sobre sus hijos. La verdad a veces duele, pero solo cuando escuchamos con la mente y el corazón abiertos estamos en posibilidad de actuar antes de que la situación se nos vaya de las manos.

Una psiquiatra del centro médico Children’s of Alabama me contó que es mucho más fácil solucionar cualquier situación en niños que en adultos, ya que cuando el problema persiste por años se incorpora como parte de la identidad de la persona.

3. Vivir a través de nuestros hijos
Es común que los padres nos sintamos orgullosos de nuestros hijos, e incluso que nos den más felicidad sus logros que los propios. Sin embargo, hay que tener en cuenta que si nos involucramos demasiado en sus vidas podrá llegar un momento en que nos resulte complicado ver dónde acaban ellos y dónde empezamos nosotros.

Si nuestros hijos se convierten en una extensión de nosotros, podríamos empezar a verlos como una segunda oportunidad y esto sería un error grave, ya que no se trata de nuestra autorrealización sino de la suya. 

4. Tratar de ser el mejor amigo de nuestro hijo
Como todo mundo, quiero que mis hijos me quieran. Que reconozcan mis méritos y me tengan cariño. Pero si quiero hacer bien mi trabajo, tengo que aceptar que se enfaden y que a veces no les gusten mis decisiones.

Tratar de ser el mejor amigo de tu hijo llevará a una permisividad excesiva, y a tomar decisiones desesperadas por temor a no contar con su aprobación. Esto no es amor, sino necesidad. 

5. Competir por ser el mejor padre
He oído muchas historias de amistades rotas provocadas por padres que se entrometen de más en pleitos de niños. En mi opinión, el origen de este problema está en el miedo. Como papás, pensamos que si no intervenimos para defender a nuestros hijos quedarán sumidos en la mediocridad el resto de su vida.




Los niños deben entender que hay que luchar para alcanzar los sueños, pero si fomentamos una actitud de ganar cueste lo que cueste y les permitimos que empujen a otros niños para conseguir ser los primeros, la cosa se está yendo de las manos.

6. Olvidarnos de lo maravilloso que es ser niño
Criar a niños pequeños puede ser tan agotador física y emocionalmente que a veces quisiéramos que crecieran cuanto antes para dejar de encontrar Barbies en la bañera, el CD de Mary Poppins en el DVD y huellas de sus dedos en las ventanas. Sin embargo, al pensar de esta manera nos estamos olvidando de disfrutar algo muy valioso: los cuentos de antes de dormir, los pijamas de una sola pieza, las cosquillas y los gritos de alegría. A veces se nos olvida dejar que nuestros hijos se comporten como niños y disfruten su infancia. Dejemos que crezcan a su ritmo. La infancia es momento de entretenerse jugando y descubriendo cosas. Al apurar a nuestros hijos para que crezcan les robamos una etapa maravillosa de inocencia por la que nunca más volverán a pasar.

7. Criar al hijo que queremos, no al que tenemos
Como padres, es inevitable que nos creemos una imagen propia de nuestros hijos. Desde el embarazo, deseamos que el niño se parezca a nosotros, pero tal vez un poco más inteligente y talentoso. Queremos ser su ejemplo, y modelar su vida siguiendo el patrón de la nuestra.

Sin embargo, los niños suelen seguir su propio modelo y llegar a ser como nunca los imaginamos. Nuestro trabajo consiste en descubrir sus dones innatos e intentar guiarlos para que los desarrollen de la mejor manera posible. Inculcarles nuestros propios sueños no es buena idea. Solo entendiendo quiénes y cómo son, podremos tener un impacto en sus vidas.

8. Olvidar que los hechos pesan más que las palabras
A veces, cuando mis hijas me preguntan algo, quiero aprovechar la ocasión para convertirla en un momento de aprendizaje dándoles un discurso. Quiero darles sabiduría, pero a veces me olvido de que mis ejemplos ensombrecen mis palabras: cómo respondo al rechazo y a la adversidad, cómo trato a mis amigos y a los desconocidos, si me peleo con su padre o si nos apoyamos mutuamente… ellas se dan cuenta de todas estas cosas; y mi actitud les da permiso para comportarse de la misma manera. Si quiero que mis hijas sean maravillosas, tengo que ser la persona que espero que sean ellas.

9. Juzgar a otros padres… y a sus hijos
Aun cuando difieras radicalmente en cuanto a la forma de educar que tienen otros padres, no te corresponde juzgarlos. Nadie es completamente bueno ni completamente malo.

Personalmente, tiendo a ser más benevolente con otros padres cuando la estoy pasando mal. En momentos en que los niños me la ponen difícil entiendo el comportamiento de muchos padres.

10. Subestimar el carácter
El carácter y la moral son los cimientos para un futuro saludable y feliz y es más importante que las calificaciones y cualquier trofeo que ganen.

Como padres, sabemos que cuando eres adulto lo importante no es lo lejos que pudiste lanzar alguna vez un balón o si fuiste porrista, sino cómo tratas a los demás y qué piensas de ti mismo. Para fomentar el carácter, la confianza, la fuerza y la resiliencia, debemos dejar que nuestros hijos se enfrenten a las adversidades y experimenten el orgullo de superar situaciones difíciles.

Fuente: karikampakis.com

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